Los días de los libros

Ya pasó el día del libro. Oye, que me parece genial que haya un día en el que se rinde homenaje al libro. Y con el libro, a las personas que escriben, editan, a los que te ayudan en una biblioteca, o a quienes te venden un libro en su pequeña librería de barrio, o en una librería reputada. Esas que cada vez venden menos, según cuentan las estadísticas, aunque se lea más. Todo lo que hagamos por estas gentes será siempre poco.

Vais a perdonarme que, por el contrario, no tenga en tanta consideración a quienes ejercen la competencia desleal desde las páginas de internet, despachando libros, como quien despacha material de construcción, verduras en lata, o una pizza. Qué más da lo que vendas. Todo son productos globales y los consumidores somos tan sólo meros clientes. Ni tan siquiera parroquianos.

Da igual que sea Sant Jordi, que se regalen libros y rosas, o que se entreguen premios como el Cervantes y las Ramblas se llene de libros y autores firmando. Me parece genial, si el resultado es que se leen más libros y más gente se anima a escribir, a contar su vida, su historia, contarse a sí mismo, hablar de nosotras aunque hayamos muerto.

Escribir es una necesidad que nace en algún momento de nuestra vida. Hay a quien le da por pintar, coser, bordar, tocar un instrumento, o practicar yoga, tai chi, o hacer deporte. Nadie nace sabiendo andar, ni leer, ni pintar, ni bordar, ni escribir. Aprendemos a nadar, nadando y aprendemos a escribir… escribiendo.

Hacer ejercicio genera endorfinas, analgésicos de elaboración propia, que nos hacen sentir mejor, eufóricos, al tiempo que relajados. Parece contradictorio, pero es lo que tienen las drogas, aunque sean producidas por el propio cuerpo, que generan sensaciones contradictorias, pero todas ellas satisfactorias. Escribir consigue los mismos efectos.

A fin de cuentas, todas y todos tenemos la necesidad de contarnos, de construirnos una imagen de nosotros mismo, de mirarnos en el espejo y reconocernos tal cual somos, o creemos que somos. Una necesidad individual y colectiva. Un cierno nacionalismo, no necesariamente malo, que nos permite intentar sobrevivir en las peores circunstancias.

Hay quienes no necesitan contarse, porque ya hay muchos encargados de contar su vida, bien pagados, para hacer documentales sobre sus manías, escribirles sus memorias, bailarles el agua, o fotografiar sus paseos por la ciudad, o sus devaneos en un yate. Qué me importan a mí esas vidas de pijo. Bastante tengo con entenderme a mí mismo y a los míos.

Un buen día, no necesariamente el del libro, comienzas a leer comics de aquellos de hazañas bélicas, en los que los alemanes triunfaban siempre sobre los comunistas rusos y los americanos siempre ganaban a los japoneses, tan rígidos y cuadriculados ellos. A fin de cuentas eran tiempos de franquismo en recomposición, los japos nos quedaban muy lejos y los americanos comenzaban a ser amigos.

En cuanto a los alemanes, además de despertar las simpatías protofascistas y filonazis de nuestros militares y nuestros ricachones, eran nuestros adalides frente al comunismo que imperaba más allá del telón de acero. Además habíamos combatido junto a ellos en las estepas rusas con la División Azul.

Era lo que había, Hazañas Bélicas y, más tarde, cuando ya sabía leer un poquito más,  Marcial Lafuente Estefanía, con sus más de 2500 novelas y sagas del Oeste americano, que terminaron dando alas al Spaghetti Western de los desiertos de Almería.

Luego pasé a esas colecciones de novelas ilustradas de aventuras. Tan pronto leías Ivanhoe, como Miguel Strogoff, Los tres mosqueteros, Sandokán, Guillermo Tell, o La vuelta al mundo en ochenta días.

Antes de poder pasar a La vuelta al día en ochenta mundos del argentino Cortázar, un buen amigo de la Librería Espinela, te sacaba caritativamente de la trastienda, al colombiano García Márquez, con sus Cien años de soledad y ya quedabas bautizado en lectura. Un aprendizaje informal, desordenado, autodidacta,  pero infalible.

Lo de escribir, ya es otra historia. Todas y todos escribimos unos poemas de amor con quince años. En aquellos tiempos muchas eran las casas que contaban con aquel libro de Las mil mejores poesías de la lengua castellana, en el que había mucho y faltaba mucho, pero en el que intentabas basar tus toscos poemas.

Un buen día, con cualquier disculpa, en mi caso en un camping de Hervás (Cáceres), en un tórrido verano, te enteras de que han convocado un premio de cuentos en el pueblo y te animas a escribir algo, mezclando rincones del pueblo y hasta personajes reconocibles en un cóctel de misterio y turbulencias templarias.

Aquello parece que gusta. En el jurado debieron creer que se trataba de alguien del pueblo y zasca… premio. Y ganar uno de esos pequeños premios locales, con acto de entrega, lectura de cuento, a veces publicación, eso es imbatible. Las endorfinas de la escritura se disparan y ya no puedes dejar de ir al gimnasio de la pluma y el folio de papel. Todos los días, a ratos, pero ya eres un escritor.

No hace falta ser Eduardo Mendoza, ni Galeano. No hace falta ser Saramago, ni Rosa Montero. Ni tan siquiera Almudena Grandes ni su compañero Luis García Montero. Basta que seas tú misma, tú mismo. Que encuentres tu voz, tu forma de escribir. Que estés dispuesta a ensayar y buscar otras voces, otras formas de explicarte a ti misma.

Y, sobre todo, que salgas cada día a defender, con tu escritura, esa imagen de ti que has construido. Porque como decía Flaubert, Madame Bovary soy yo. Cada uno de tus personajes eres tú, o tu manera de verlo, interpretarlo, escribirlo. No hace falta que sea día del libro para que leas. No hace falta que sea día del libro para que comiences a escribir tus historias. Para que regales una rosa. Todos los días merecen sus libros.

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