Me ha pillado este extraño momento en el que se adentra nuestro país leyendo el libro Grita de Roberto Saviano, aquel escritor que con Gomorra consiguió dos cosas. La primera, ser conocido a lo largo y ancho del mundo por atreverse a denunciar los horrores de la Mafia. Lo segundo tener que vivir protegido para evitar en lo posible las continuas amenazas de muerte.
En el libro nos presenta las polémicas y valientes figuras de 30 personas que, en la mayoría de los casos, se atrevieron a levantar la voz contra los fundamentalismos, la opresión y el genocidio, ya fueran mujeres filósofas como Hipatia de Alejandría, poetas como Anna Ajmatova, o la periodista Anna Politkovskaya, entre otras muchas, o ya se trate de periodistas como Jamal Kashoggi, escritores como Emile Zola, cineastas como Pier Paolo Passolini, o filósofos como Giordano Bruno, también entre otros tantos.
Parte Saviano de la idea fuerza de Catalina de Siena, mujer y santa,
–Habéis callado demasiado tiempo. ¡Se acabó el silencio! Gritad con cien mil lenguas. Con tanto silencio el mundo se pudre.
Estas palabras son como bálsamo para las heridas que voy arrastrando, vacunas contra ese virus de la mentira que nos inoculan permanentemente y que nos obliga a bajar la cabeza, amedrentados, darnos por vencidos, aceptar al partido más corrupto de España, el único que ha sido condenado por corrupción, como animal de compañía y futuro gobernante de España. Y nada menos que con la ayuda, presencia activa y programa de la ultraderecha.
Lo ha dicho Rufián, probablemente desalojaríamos a Sánchez de la Presidencia, por haber permitido ese tejemaneje interno de manos derechas que actuaban como manos tontas, si no fuera porque la alternativa no puede ser otra que un gobierno de la derecha ultramontana con la ultraderecha oportunista de la mano.
El libro de Saviano ha sido un auténtico acicate para mí. Un llamamiento a no creer las mentiras oficiales, ni las procedentes de los gobiernos, ni de los poderes de una oposición que pasa las horas en la embajada de Estados Unidos, ni de algunos jueces que parecen estar más interesados en imputar que en desvelar verdades.
Un llamamiento a no seguir sus banderas podridas de codicia, corrupción y engaños. A no creer sus machacones mensajes de conspiradores, alimentados por sus triquiñuelas legales, aireados por una prensa que crea estados de opinión, que decide cambiar de bando cuando hay negocio de por medio, que confunde, difama, persigue, acosa.
No, me he cansado de aguantar sus cambios de humor y sus mentiras, esa corrupción sistémica disfrazada de democracia y alentada desde las televisiones, desde los palcos del futbol, unos más que otros, desde los desayunos en los que todas las mañanas se juntan para escuchar a tal o cual protagonista agónico de nuestra deprimente vida política, económica, social.
Y, como me aconseja Saviano, voy a perseguir cada día la verdad, me cueste lo que me cueste. Voy a contar cada día la verdad. Y si hay que gritarla, la gritaré. Voy a deciros, cada día, quiénes son los míos y los voy a intentar distinguir en el campo de batalla, sin dejarme confundir por mayorías, minorías, tendencias, opiniones, tertulianos y provocadores profesionales.
Voy a denunciar a los chorizos criados en la izquierda y a los corruptos y corruptores producidos por la derecha egoísta y codiciosa. Exigir que desaparezcan del mapa, de las listas, de la vida pública. Voy a exigir que cada rey, expresidente y exministro, cada exconsejero, exalcalde, exconcejal tenga la obligación de presentar públicamente sus cuentas durante el resto de su vida.
Usaré sólo la palabra, la manifestación, la huelga, mis derechos constitucionales. La violencia es de ellos. La física, la policial, la militar, la de los tribunales, la psíquica, el bullying, el acoso. Todo eso es de ellos. Yo sólo tengo la palabra. Pero mi palabra de condena es una condena eterna. Para siempre. Y no sólo para corruptores, también para cómplices y para mayorías acomodadas y silenciosas. Para la zona gris de la que habló Primo Levy.
Y no, no fomentaré la división. Cualquiera que defienda la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, será de los míos, de mi país de mi patria. Un patriota. Cualquiera que no lo haga será un extranjero, un bárbaro, sin derechos, sin reconocimiento, sin libertad.
Adiós a los caminos trillados, a las mentiras hipócritas que se escudan en la piedad, o a las mentiras cómplices que hay que alimentar en la convivencia laboral, familiar, vecinal. Adiós a las habitaciones seguras, cerradas, sin oxígeno, cargadas de miasmas, hedor y malos tufos. Adiós a los sectarios, a los fanáticos, a lo políticamente correcto, al guión que alguien ha escrito para ti, para mí, en algún despacho de burócrata, desde un estómago agradecido.
He elegido bando y voy a defenderlo, porque ya no es tiempo de racionalismo interesado, de aceptación impuesta del realismo del dinero y el poder por encima de todo. Ya no es hora de viajar a la Luna, ni aún menos a Marte. No toca sustituir a pícaros y chorizos por corruptos, caciques y señoritos a caballo.
No somos así. No somos realistas. Somos como queremos ser. Ya lo dijo Bernanos, el realismo es la mala conciencia de los hijos de puta, que es la literal traducción de la palabra bastardos.
Es tiempo de emular a Sábato, aferrarse a la vida y salir a defenderla. Es tiempo de filósofos y de poetas, de líderes honestos y decentes.




