La gran mentira de las valoraciones comerciales

Me escriben empresas, con frecuencia, correos electrónicos en los que me instan, me piden, me requieren que rellene una encuesta de satisfacción sobre los más diversos servicios  que prestan. Un banco, un proveedor de suministros, un taller de reparación de vehículos, una empresa de seguros.

Me indican que esa encuesta que voy a rellenar, que me ocupará dos minutos que luego serán cinco, al menos, es esencial para mejorar el servicio que me prestan, sea de la índole que sea. Ya ves tú, ellos que me cobran por todo, me piden que trabaje gratis para ellos, suministrando información que puede contribuir a mejorar la rentabilidad de su servicio. No sé si están pensando en mí, o en su cartera de beneficios.

Pero se ve que lo tienen que hacer. Son proveedores subcontratados de una contrata, de otra subcontrata de una empresa multinacional, la principal, la cabeza del grupo, que les exige este tipo de burocracia, en la que yo participo con mi tiempo y mis opiniones.

Si no me identifico y relleno el formulario tiendo a pensar que el trato conmigo será peor en la siguiente ocasión en que tengan que repararme algo o suministrarme algún producto. Si me identifico y relleno, tiendo a pensar que debo ponerles buena nota, para que mi nombre figure en el color de los clientes a los que hay que atender con buenas maneras.

Además, los propios encuestadores, en mensaje paralelo, vía sms, o similar, me hacen saber que cualquier nota inferior a un 9 perjudica al trabajador que me ha prestado el servicio. Lo primero la solidaridad con los trabajadores que no tienen la culpa de tener al frente a personajes avariciosos, amantes de la codicia y, con demasiada frecuencia, ineptos y de ética muy cuestionable, ya sean empresa, partido, fundación y hasta asociación sin ánimo de delinquir.

Una vez rellena la encuesta, todo con 10, por supuesto, recibo un mensaje de agradecimiento y, después de varias como esta, puede que me den un bono de descuento para la próxima ocasión. A fin de cuentas soy cliente fiel y agradecido.

Imagino que todo este periplo obedece a la necesidad de justificar un buen número de trabajos de mierda (bulshit jobs), en la terminología de David Graeber, y del subsiguiente trabajo elaborado por el mismo en el que reflexiona sobre  La utopía de las normas, que va acompañado de un subtítulo tan sugerente como De la tecnología, la Estupidez y los Secretos Placeres de la Burocracia.

No tiene sentido alguno este desparramo de gestiones absurdas que conducen al autoengaño, la autocomplacencia en la que se instalan las direcciones de las empresas. No es extraño que la gente piense que vivimos de espaldas a la realidad, sometidos a estructuras económicas, políticas y sociales, cuyo único fin conocido es perpetuarse a sí mismas, por encima de cualquier otra consideración.

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