Informe PISA, preocupante pero sobredimensionado

Acaban de publicarse los resultados del archifamoso y archiconocido Informe PISA, el estudio de la Organización para la Cooperación y del Desarrollo Económico (OCDE) que valora la situación de la educación, el rendimiento educativo de los alumnos y alumbnas de diferentes países. Más de 90.

El debate y la alarma sobre los resultados españoles en el Informe se apoderadel gobierno, de la oposición, los medios de comunicación, los responsables sindicales, los de las comunidades autónomas, las instituciones educativas, el profesorado en los claustros. Unos quieren cambiarlo todo para que nada cambie. Otros quieren derogar leyes, aprobar otras nuevas. Todos quieren terminar bien parados en la valoración general del informe.

Los promedios de rendimiento académico bajan de forma generalizada en todos los países. Uno de cada cinco alumnos de 15 años (esa es la edad escogida para las valoraciones del informe PISA) presentan bajos resultados en Lectura, Matemáticas y Ciencias (que son los únicos elementos tomados en consideración desde una perspectiva económica).

En España, en concreto, caemos 23 puntos en Lectura, nos situamos en 451, 10 por debajo de la media de los países valorados por la OCDE. Y caemos también 16 puntos con respecto a 2022 en Matemáticas, 6 por debajo de la media de 463. En cuanto a las Ciencias bajamos a 477, cuando la media se encuentra en 482. Modestos resultados, preocupantes, aunque no catastróficos.

Presentamos los peores resultados de nuestra historia en la valoración de nuestros alumnos. Sin embargo, hay un nuevo elemento de valoración educativa denominado resolución de problemas computacionales, en el que nos situamos casi en la media, de 500, sólo un punto por debajo de los 500 de media de la OCDE. Se trata, por decirlo sencillamente, de nuestra capacidad de convertir problemas reales en procesos y soluciones ejecutables por una máquina. Mejores que los alemanes, o los franceses en esta materia.

Pero reconocer que no somos los mejores, ni tampoco los peores, en un contexto de empeoramiento generalizado, no debería suponer dejar de reconocer que el informe reconoce logros importantes de la educación española. Por ejemplo, una capacidad mucho mayor que la gran mayoría de países para que nuestro alumnado se sienta integrado y parte esencial de nuestros centros educativos.

O la realidad de que los resultados de nuestros alumnos están menos condicionados por su origen social y económico, lo cual significa que el grado de equidad de nuestra educación es mayor. De otra parte, ese alumnado es más perseverante, más persistente, se rinde con menos facilidad ante las dificultades y su interés por los temas científicos es mucho mayor.

Uno de los debates suscitados por los resultados de este informe es el de la utilización de dispositivos electrónicos y teléfonos móviles en la aulas. En esto también estamos por delante de otros países y más del 86 por ciento de los centros educativos españoles prohíben el uso de los móviles en las aulas.

En cualquier caso, los datos son difíciles de interpretar. Países como Finlandia, que figuraban en los primeros puestos, han retrocedido notablemente, junto a otros como Estados Unidos, mientras que dictaduras como Singapur, o China, ocupan buenas posiciones. Comunidades como la de Madrid, con la menor inversión educativa por habitante, se alzan sobre otras comunidades autónomas que gastan más en educación.

Esta es la primera ocasión en la que se evalúa a estudiantes españoles formados bajo la LOMLOE, la Ley orgánica de 2020, también llamada ley Celaá. Una oposición obsesionada con segar la hierba bajo los pies del gobierno ya se ha apresurado a anunciar derogaciones y nuevas leyes, sin decir ni cuáles, ni cómo, ni en qué condiciones.

Otro de los debates ha sido la exclusión de Cataluña que falseó la metodología para seleccionar alumnos para la prueba, lo cual ha producido ceses y cambios de responsables educativos en la Generalitat. Pero todos estos temas son secundarios, porque lo esencial se encuentra en los problemas del proceso educativo y los cambios operados en nuestra sociedad.

Nuestros alumnos aprenden a leer superficialmente, de forma rápida, distraídos en el uso de aparatos digitales. Si leemos peor entendemos peor las matemáticas y las ciencias. No somos capaces de entender el enunciado del problema al que nos enfrentamos. Las familias disponen de menos tiempo y ayudan menos a los hijos en las tareas. El apoyo familiar disminuye.

Por último, el hecho de no usar el móvil en las aulas no hace que lo mismo ocurra fuera del aula, sino al contrario. Los dispositivos digitales fuera del aula tienen un uso generalizado y abusivo. Aplicaciones, juegos, redes sociales, marcan la vida de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

En cuanto a otros elementos valorables, nuestro bienestar escolar, la convivencia en los centros, en comparación con otros países de la OCDE, es mucho mejor. Ya hemos hablado del sentido de pertenencia de nuestros alumnos, pero también en el acoso escolar, la exclusión, el bullying es mucho menor que en el resto de países.

Otras tendencias positivas de nuestra educación estriban en que con unas tasas medias de población inmigrante en las aulas superior al 20%, superior a la de otros países de nuestro entorno, las diferencias en el rendimiento de los alumnos nacidos de personas de origen español, o de personas inmigrantes, no es significativa y es una de las menores de los países de la OCDE. Por último, un dato importante es que los estudiantes españoles, aún no sabemos si para bien, o para mal, utilizan con mayor frecuencia la IA.

Somos un país tendente al drama, la chirigota, la tragedia, el sarcasmo. Solemos admirar las sombras proyectadas en la pared de la cueva. Solemos liarla por estupideces y tragarnos todos los sapos. Solemos dejarnos engañar por el griterío, sin prestar atención a quienes de forma serena nos indican nuestros males y las posibles soluciones.

Esperemos que este informe PISA, en el que no tenemos que depositar excesiva confianza, sirva, al menos, para generar un debate que corrija los males de nuestra educación y para adquirir compromisos colectivos que enriquezcan los procesos de aprendizaje en nuestras comunidades educativas.

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