No todo va a ser brecha y desigualdad con la digitalización. La verdad es que digitalizar supone a veces reducir el capital necesario para desarrollar algunas actividades. Por ejemplo la comercialización, la publicidad, se convierte en algo más sencillo, más al alcance de la mano de cualquiera.
Podemos entrar, o incluso crear, redes de comercialización que nos permiten comprar y vender con más facilidad. Podemos administrar un negocio pequeño que puede ser realizado con aplicaciones y con herramientas informáticas no demasiado complicadas de manejar para nativos digitales.
Los pobres aprenden a manejar estas herramientas, ya sea pirateándolas, comprándolas a precios módicos, o accediebndo a ellas pagando el precio de dar información a los suministradores. El caso es poder usar aplicaciones y programas que les son útiles para sacar adelante su proyecto.
La llamada economía de plataformas puede facilitar el trabajo de estas nuevas y pequeñas iniciativas y convertirlas en más resistentes. Es cierto que crearán empleos muy informales, o al menos semi-formales, pero serán fuentes de ingresos, al fin y al cabo, para personas que de otra manera tendrían negado el acceso a todo tipo de actividad económica.
Las nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación personal favorecen que las redes familiares y de amistad se consoliden, se refuercen, transformen los contactos personales en intereses comunes, en orientación hacia el consumo de determinados bienes y el rechazo de otros.
Pero no se queda ahí la cosa, la pandemia ha puesto de relieve y ha consolidado la utilización de determinadas redes, aplicaciones, programas, que permiten mejorar la educación y que son perfectamente aplicables a zonas pobres. El profesorado se ha visto obligado a acercarse aceleradamente al uso de las nuevas tecnologías aplicadas a la enseñanza.
Las nuevas tecnologías, la digitalización, ha transformado nuestro uso de una cuenta bancaria. Muchos trámites administrativos se realizan en internet, desde el empleo a la sanidad y desde la educación a los servicios sociales. Los costes generales se reducen y hasta los resultados electorales son conocidos con mayor facilidad y rapidez.
Cuando nos hemos visto sometidos a catástrofes como la DANA de Valencia, el COVID, la Filomena, o incluso ante desastres internacionales, podemos comprobar como las alertas en el móvil, la canalización de las ayudas, o el trabajo del voluntariado, pueden verse facilitados.
Sin embargo, también abundan los problemas, los obstáculos, casi todos ellos derivados de la confluencia de digitalización y negocio, que todo lo termina emponzoñando. Así, lo que podría ser un impulso social se convierte en un juego algorítmico a favor del poder y los negocios.
De una parte, los poderosos siempre querrán controlar el algoritmo para evitar el riesgo de perder fidelidades y relaciones clientelares. Pero también los pobres perciben la digitalización, en muchos casos, como una amenaza a la sólida base de las relaciones personales como forma de supervivencia.
Cosas tan sencillas como el trato directo con un funcionario, o con el cajero, o con alguien al otro lado de la ventanilla, desaparecen. Nos sentimos más controlados, observados, vigilados. Nos sentimos controlados por el mercado, orientados en nuestras compras, víctimas de necesidades que nos han sido impuestas.
Nos sentimos solos y aislados en grandes redes que erosionan y disuelven otras fórmulas tradicionales de relación. Quienes sobrevivían en los pequeños remansos, intersticios, grietas, generadas por las propias formas de vida en cualquier sistema económico y social, sienten que la digitalización cierra esos muros sobre ellos.
Si la marginación generada por las sociedades pasadas era muy difícil de superar, la que produce actualmente esa misma sociedad ya digitalizada, es casi imposible de afrontar, negando no sólo la supervivencia, sino tan siquiera la existencia de los pobres y su pobreza.
Este es uno de los mayores retos de nuestro tiempo, con cada día mayores conexiones, pero cada vez con mayores dificultades para superar la soledad, el aislamiento, las dificultades para convivir, relacionarse, amar.




