Es evidente que la separación entre nuestros políticos y la ciudadanía crece a marchas forzadas. La gente desconfía de la política y de los políticos. Escuchamos a los líderes de los partidos y suenan a falsas las promesas que hacen y hasta las que no hacen para intentar ocultar sus evidentes, malas y perversas intenciones. Entramos en una campaña electoral marcada por la desconfianza.
De pronto la ultraderecha amenaza con entrar con la motosierra en el sistema de pensiones y comenzamos a temblar. Sabemos que la derecha tradicional necesita inevitablemente a la ultraderecha y da miedo escuchar entre las filas de esa derecha, que debía ser moderada, algunas voces que anuncian que el sistema de pensiones va a “petar”. Y a otros candidatos jóvenes de esa misma derecha atacar abiertamente el sistema de pensiones.
El líder de turno y siempre de paso, el que se juega gobernar, o ser cuestionado hasta su caída, intenta parar esos mensajes, pero él mismo no deja claro si defenderá con uñas y dientes los ingresos de esos 10 millones de personas mayores, discapacitadas, viudas, que reciben pensiones de una u otra clase.
El gobierno lo ha hecho mal, lo sigue haciendo mal, en temas como el de Ceuta. No atina, da palos de ciego, busca justificaciones increíbles, intenta que el tiempo haga que la mayoría de los que entraron en Ceuta, instigados o no por el autócrata marroquí, invasores o no, se terminen encaminado por su pie a la frontera con Marruecos.
La lectura inmediata es que los gobernantes nos van a obligar a tragar los males que nos caigan encima, incluidas las crecientes DANAs, esperando, con infinita paciencia, que se solucionen con el tiempo. Imagino que hay que verse como los ciudadanos y ciudadanas ceutíes para sentir indignación cuando cualquiera te termine llamando racista porque pides que los que han entrado tienen que irse por donde vinieron.
Por su parte, los jóvenes perciben que tienen empleo, no demasiado bueno. Que tienen recursos económicos, no demasiado abundantes. Que no pueden acceder a una vivienda, no ya en propiedad, ni tan siquiera en alquiler. Se dan cuenta de que, digan lo que digan, hagan lo que hagan sus gobernantes no lo van a solucionar, porque esto de la vivienda requiere décadas de constancia e inversión y no se han dado ni los primeros pasos para contar con viviendas dignas, asequibles y accesibles.
Todos padecemos la incapacidad del PP que gobierna Madrid desde hace más de treinta años (Ayuso no ha entregado ni una sola vivienda pública en esta legislatura), de los sucesivos gobiernos del Estado y de los ayuntamientos para hacer frente al problema. Ni tan siquiera los gobiernos municipales, que son teóricamente los más cercanos, de derechas, o de izquierdas, han hecho gran cosa por la vivienda social, pública, en alquiler, o en propiedad. Tal vez no sea lo mejor acampar en Sol, pero algo había que hacer y los jóvenes lo están haciendo, sin que nadie sea capaz de convertir la justa reivindicación de vivienda en un cauce y compromiso de solución.
Las izquierdas obsesionadas con los desahucios y con que no suban los precios congelando las rentas. Las derechas alimentando nuevas construcciones que poco tienen que ver con lo social y que parecen más de precio libre y privado. Nadie está poniendo la carne en el asador, juntando los recursos, sumando los esfuerzos para que las soluciones sean reales.
Los maestros salen a las calles para pedir recursos para los centros, mejores salarios, climatización en las aulas, menos horas lectivas, menos alumnos por aula. Quieren negociar. Son profesores, no delincuentes, pero se encuentran con que la consejería cierra las puertas y la presidenta, lejos de negociar, incita a la violencia policial, para convertirse en víctima y acusar infundadamente a sus profesores de ser gente agresiva.
No sabe esta Presidenta, que un policía te puede moler a palos, un juez condenarte a años de cárcel, un mal médico puede llevarte a la muerte, pero un maestro tiene el poder de que todo el mundo te olvide, o que seas recordada eternamente de mala manera. Hasta Stalin lo sabía, cuando llamó a Boris Pasternak para preguntarle si el poeta Osip Mandelstam era un maestro.
De ello dependía la decisión de condenarle a muerte, o mandarle a un campo de concentración, un gulag alejado de todo y de todos. Las dictaduras siempre temen a los maestros. No en vano los maestros fueron el cuerpo más reprimido por el franquismo durante y después de la guerra civil.
La gente no confía en sus políticos. Si hasta cuando les pedimos que vayan juntos a las elecciones, deciden anteponer sus egos personales y resucitar cadáveres políticos que se han suicidado electoralmente hace años. La gente no confía, porque pocos políticos dicen la dolorosa verdad, porque escuchan poco, porque no votan ideas, proyectos, programas, sino promesas que saben que no se cumplirán y nadie hará que los servicios públicos funcionen a la medida de las personas.
Muchos serán los esfuerzos que tendrá que hacer una nueva clase política, que aún no ha aparecido, para restituir la confianza en la política y en las personas que elegimos para gobernarnos y para ser oposición. Por el momento no han aparecido ni en el horizonte. Votaremos para que las cosas no vayan a peor en manos de los de la motosierra, pero la política española necesita menos personalismos, más reflexión, un proyecto de unidad y una nueva acción transformadora de una realidad cada vez más deshumanizada.




