La presidenta de la Comunidad de Madrid quiso darse un baño de masas conservadoras, por supuesto, apoyando a la oposición ultraderechista mexicana, con gastos pagados por los madrileños, a cuenta de la promoción económica de la Comunidad fuera de nuestras fronteras.
Además se trataba de recibir agasajos y premios previamente acordados y contratados. En realidad la presidenta quería presentarse ante su partido y ante las derechas españolas como líder internacional del ultraderechismo más castizo, o más cateto, según se mire.
Por eso, nada más llegar a México, se dedicó a defender a Hernán Cortés, la hispanidad y a la Malinche en versión Nacho Cano. De hecho la promoción de la obra del músico se ha convertido en una disculpa para visitar México. En estas condiciones no podía ocurrir otra cosa que el choque frontal con las autoridades mexicanas, encabezadas por su presidenta, Claudia Sheinbaum, a la que le ha venido de maravilla la ridícula ignorancia exhibida por la castiza defensora de la invasión española de América Latina.
Me niego a entrar en un debate estéril que sólo tiene como objetivo consolidar y atrincherar a sus protagonistas. Nada es tan simple como se nos quiere presentar. Ni yo, ni mis ancestros, participaron en ningún tipo de invasión. No me puedo considerar responsable, por lo tanto de las acciones de una pandilla de conquistadores, avariciosos, ambiciosos, crueles, que se comportaron brutalmente con los indígenas americanos.
Tampoco soy el responsable de que los pueblos sometidos por el imperio azteca vieran las puertas abiertas cuando los españoles llegaron, para acabar con la indeseable dominación de los señores de las pirámides cubiertas de sangre de sus enemigos. Fueron ellos y no los cuatro paisanos llegados de España los que produjeron el cambio y los que pactaron las condiciones para perpetuarse en el poder como nueva nobleza indígena. La Malinche era una de ellos.
Quinientos españoles, al mando de Hernán Cortés, no hubieran entrado en Tenochtitlán sin el acompañamiento gustoso de decenas de miles de tlaxcaltecas, chalcas, totonacas, mayas, zapotecas y demás pueblos indígenas sometidos al sangriento imperio que capturaba a las gentes para los sacrificios humanos, cobraba tributos e imponía su hegemonía militar.
Y, por supuesto, los indígenas que combatieron a los mexicas, los españoles que cometieron atrocidades y los miles de Sheinbaum que fueron llegando en remesas para dirigir las empresas y la política del país, ya independiente de la corona española, tampoco tienen que ver nada con mis ancestros que labraban la tierra, segaban trigo, picaban piedra, o pastoreaban rebaños de cabras por la Meseta.
Corresponde a tiempos recientes esa visión sesgada, oficialista, nacionalista, que idealiza el mundo prehispánico de bondades, hermandad y paz. Todos ellos serían indígenas víctimas de los extraterrestres europeos que desembarcaron un buen día en las costas. Ellos rompieron el espejo que nos devolvía una maravillosa imagen y desde entonces somos seres deformes. El síndrome del espejo roto.
Con el mismo simplicismo, sectarismo y mala baba, la derecha española, aznarista, aguirrista, abascalera y ayusera, quiere reducirlo todo a un proceso de liberación, de evangelización, de egocentrismo. La caída de los aztecas es, en realidad, el final de una guerra civil. La expansión colonial española es el fruto del pacto con pueblos indígenas que obtuvieron territorios, armamento, reducciones de tributos, participación en el poder colonial y hasta títulos de nobleza.
Es cómodo para los catetos al frente de Madrid vender el relato de la conquista. Es cómodo para una parte de la izquierda populachera mexicana unir a todos los indígenas bajo el paraguas de la derrota. Confundir a los mexicas con todos los pueblos aliados, o sometidos a ellos. Es la mejor forna de que el poder de turno se consolide como representante legítimo del neocentralismo azteca.
Para ellos Malintzin, La Malinche, Doña Marina, es un personaje condenado, detestable, que traicionó a los suyos para venderse y entregarse a los conquistadores. El malinchismo ha pasado a ser convertido en sinónimo de traición a los valores patrios. Nada más lejos de la realidad.
Para empezar la Malinche no podía traicionar a un país que no existía. Ella había nacido entre los mayas y los náhuatl, vendida como esclava por su propia familia y entregada a los españoles como botín. Para ella los mexicas no dejan de ser unos opresores de su pueblo y de su persona en todas sus dimensiones. No se alió con Cortés por amor, sino por necesidad, supervivencia y rabia.
Ella hizo de nexo de traducción entre los mayas, los náhuatl, los aztecas y los recién llegados castellanos. Pero no sólo traducía. Interpretaba, negociaba, trazaba estrategias, orientaba, ponía en consonancia y de acuerdo conceptos militares, políticos, jurídicos, muy alejados en principio. Podía ver dónde se encontraban las debilidades del imperio azteca y sabía utilizarlas.
Sheinbaum no quiere admitir ese papel de la Malinche. Para los ultraconservadores de Ayuso, la Malinche, sus alianzas, sus pueblos indígenas devalúan el papel de Cortés y nos obliga a olvidar una supremacía imperial, para afrontar una realidad mestiza, de duras confrontaciones, pero fruto también de acuerdos de intereses negociados.
Hoy no gobiernan los indígenas, sino los criollos descendientes de europeos y castas indígenas, que monopolizan el poder político, económico, social, universitario, de los medios de comunicación en México, de la violencia del narcotráfico. En México se persigue a los indígenas y sus líderes sociales, sindicales, mediáticos, son asesinados, exterminados.
Los poderosos utilizan las banderas del indigenismo como autoprotección. Como una forma de legitimación. Como un ejercicio de transformismo, que no de transformación, evolución, o progreso. Y les está dando buenos resultados. A Ayuso le viene bien hacer el ridículo en México para consolidarse en Madrid y en su espectro español y le viene bien a Sheinbaum, representante de una familia adinerada de origen búlgaro y lituano, que vino con dinero a hacer más dinero.
Pedir responsabilidades a España, a su rey y a sus gobernantes, al pueblo todo español y enzarzarse contra el casticismo madrileñista, sólo escurre el bulto de tener que explicar el desastre de país gobernado durante 200 años por élites locales que condenan a los indígenas a la pobreza, al país a las expropiaciones, la destrucción del entorno y a su propio pueblo a asesinatos e injusticias.
Ayuso y Sheinbaum se retroalimentan. Son las dos caras de la misma moneda. Son los síntomas de un libro de historia mal leído y un pasado histórico mal digerido. Ayuso vende las bondades del colonialismo imperial europeo que no respeta el papel de los propios indígenas en la conquista.
Sheinbaum, por el contrario, se aferra a un indigenismo que rechaza el eurocentrismo, pero que obvia el papel de las clases dirigentes mexicanas en la perpetuación de una situación que se decanta, cada día con más claridad, hacia un estado fallido.
La historia de la conquista no se reduce a una historia de buenos y malos, traidores y puros indígenas. Fue una conmoción que el mundo no esperaba. Todo un continente que aparece de la nada. Un saco de ambiciones, con algunas buenas intenciones de por medio. El México de hoy no es la herencia del imperio azteca, sino del mestizaje y de los vicios de una clase dirigente oportunista, corrupta e incapaz de encontrar un sentido de país.
El debate generado por las ambiciones de Ayuso vuelve a apostar por la confrontación del paternalismo colonial con un indigenismo ficticio e interesado de las clases gobernantes criollas. Esa pelea artificial, las disculpas del Gobierno, las buenas palabras del Rey, el nuevo talante de Scheinbaum, no conducen a ninguna, si no se apuesta definitivamente por la democratización y el fin de la violencia.
Si no conseguimos un protagonismo real del pueblo mexicano y del pueblo español en la definición de su propio futuro. Ese es el verdadero reto que nadie ha resuelto nunca en México ni en España.




