Hace un tiempo, los compañeros de las CCOO de la fábrica Barreiros, me invitaron a participar en el acto de homenaje a aquellos trabajadores y trabajadoras que en los talleres, o en las oficinas, dedicaron buena parte de su vida laboral a aquella factoría, fundada en Villaverde Alto, a mediados de los 60 del siglo pasado.
Aquella fábrica fue creada por Eduardo Barreiros y le dio su nombre, hasta que pasó a ser Chrysler, Talbot, Peugeot, Renault Vehículos Industriales y al final Stellantis. Era la más poderosa de cuantas se fueron instalando en Villaverde desde principios del siglo XX.
En Villaverde acabaron asentándose los talleres de RENFE que provenían de las siderurgias y fábricas de material ferroviario, Marconi, Standard Eléctrica, Boetticher y Navarro, Manufacturas Metálicas Madrileñas (luego Aristrain), o Giralt Laporta.
Al calor de ellas, llegaron otras tantas empresas como Estaban y Bartolomé, Hierros Madrid, Recuero, Meseguer… Quien quiera hacer un mapa de la arqueología industrial madrileña tendrá que excavar debajo de las viviendas modernas para encontrar los restos de las antiguas fábricas.
Aquellos trabajadores produjeron todo tipo de bienes, pero también urbanizaron el entorno, crearon asociacionismo, organizaron sindicatos y se encuadraron en el mapa político que trajo la democracia. No fue en los despachos, ni en la cama donde murió el dictador, donde se abrieron las puertas a la democracia, sino en las iglesias donde se reunían los trabajadores, los vecinos, para aprobar exigencias y acciones para mejorar sus condiciones de trabajo y de vida.
Sobre todo ello escribí un artículo titulado Un lugar llamado Barreiros. En él mencionaba a aquellos dos hermanos, trabajadores de Barreiros y de la banca, los hermanos Portugués, que crearon un buen día en el barrio la librería Espinela. Vendían mucho material y libros escolares, pero tenían una trastienda de la que salían libros prohibidos llegados desde más allá de nuestras fronteras, con los cuales comenzamos a alimentar nuestro hambre joven de cultura libre.
Al cabo de algunos días, tras la publicación del artículo, el tiempo que mi amigo José Portugués tardó en hilar algunas reacciones al artículo, encontré en mi correo este comentario:
–Hola Javier, este artículo me ha transportado a los tiempos de mi niñez, supongo que, al menos, 15 años anteriores a los descritos en tu artículo. Tiempos donde vivían el hambre y más cosas. Por ejemplo ésta que llevo tatuada en mi piel.
En Villaverde Bajo, el maestro don O…(omito el nombre), en la escuela de niños de 5 a 14 años, un aula espaciosa de 19 por 6 m. En su fondo izquierdo había una habitación de unos 4 por 4 m, donde descansaba la biblioteca dejada por la República, rodeada en su contorno de estanterías repletas de libros ilustrados y dirigidos para niños de esa edad.
Semanalmente, hasta que se acabaron los libros, me hizo hacer a mí, de unos 10 años y a algún otro compañero, que enlatásemos dos columnas de libros que nos marcaba, de medio metro de altura aproximadamente, para vendérselos al trapero. El trapero era un personaje que compraba trapo, papel, cobre, balas, hierro, etc.
Cierto día me dio por abrir uno de aquellos libros, durante ese trabajo, porque era demasiada la pena que sentía por no poder hacerlo, instante en el que entró el maestro y me dio dos bofetadas de primera división, acompañadas por el siguiente recordatorio:
-Además, que sea la última vez que yo te vea abrir un libro.
A partir de entonces, vigilando su sombra, abría un libro toda la semanas. Qué ilusión, cuánto sufrimiento, cuánta lucha, cuanto más sin profesor, cuánto dolor al ver lo poco aprendido.
Bueno Javier, gracias por el interés que muestras por mi estado de salud… (omito también la descripción de las dolencias de mi amigo)… y los dolores se pegan como lapas.
Aparte de este tedioso tema quiero una vez más reconocer tu memoria y recuerdo de librería Espinela y de nuestras personas que es mutuo, porque tú también vas grabado en uno de los bolsillos preferidos de nuestra mochila.
Espero y deseo que ese hijo, con el resto de familia, sigan dando alegrías y la salud os abrace a todos. Gracias y un abrazo muy fuerte Te respondo así porque dar en las letras correctas es para mí como un ejemplo de tiro al plato salud.
Respondí de inmediato al amigo y le pedí permiso para utilizar algunas de sus reflexiones, recordando momentos como el de aquel día en que me presenté en Espinela, con una retahíla de libros de Austral, filosóficos, históricos. Buenos libros, pero muy alejados de aquellos otros que salieron de tu despensa trasera, entre los que se encontraban algunos como Cien años de soledad. Ahí comenzó otra vida para mí. Parecen casualidades, pero al final nunca lo son.
Su respuesta volvió a tardar unos días, pero ahora que perdemos tanto tiempo en transcripciones de conversaciones sobre lechugas, chistorras, dentistas y demás. Ahora que nos interesamos tanto por las últimas operaciones estéticas de nuestros dirigentes, sus idas y venidas, las andanzas de los influencers, vuelvo a pensar que nada me interesan esas vidas de pijos y pijas. Me importa que no se pierda en la nada la memoria de los míos. Allá vamos:
-Agradezco de corazón tus palabras y ¿cómo no se va a poder comentar este hecho, que hoy parece ya como una anécdota y que lo produjo un maestro, Don O… que al fin y al cabo el nombre es lo de menos, para no herir sensibilidades, pero que es necesario recordar como transmisión de un sistema, el de la negación del conocimiento y la eliminación de sus fuentes.
Pudiera ser que ahí naciera la Librería Espinela y nos demuestra que todos los sistemas tienen sus fallos. En esa escuela y en aquellos tiempos se me explicó, sin palabras, lo de las dos Españas de Machado.
Bueno no quiero robarte más tiempo, porque los abuelos Cebolleta somos muy cansinos y nos creemos que somos el centro del universo.
Un abrazo muy fuerte y salud, Javier.
Mi amigo Manuel, hoy jubilado con su compañera Mercedes, en Hervás, quiso seguir el camino de la librería Espinela y se embarcó en dar continuidad a otro proyecto de librería, Pueblos y Culturas, que creció durante la Transición y que sigue abriendo sus puertas en el barrio. Me contó que, aunque Espinela jugaba por aquellos días en otra división, él se pasaba de vez en cuando por allí para ver qué podía mejorar en su librería.
Siento orgullo de un tiempo. Orgullo de las personas que conocí entonces. Algunos se han ido, pero no del todo, no de nuestra memoria. Otros siguen vivos, aunque alguien les quiera hacer creer que son abuelos Cebolleta. Son la memoria de aquellos días en los que creíamos que podríamos mejorar España. Ahora que vamos a cambiar de año, se me ocurre que ya es tiempo de romper ese largo silencio que dejamos crecer como un enmarañado bosque, durante los últimos 50 años.




