Recuerdo el día en que la dirección de CCOO de Madrid, encabezada por su Secretario General Rodolfo Benito, visitamos al alcalde Álvarez del Manzano para plantearle la necesidad de que la capital de España rindiera reconocimiento, memoria y homenaje a los Abogados de Atocha. Nos acompañaba el concejal de Izquierda Unida, Julio Misiego, sindicalista de la antigua Barreiros.
Le presentamos en su despacho, aún en la Plaza de la Villa, un proyecto elaborado por el pintor y escultor Juan Genovés, en el que trasladaba el cuadro El Abrazo, auténtico símbolo de la reconciliación, la amnistía y la transición española, a una representación escultórica en bronce que propusimos instalar en la plaza de Antón Martín, muy cercana al lugar donde fueron asesinados los Abogados de Atocha.
La calle de Atocha, su número 55, había sido testigo del brutal golpe perpetrado contra aquellos nueve jóvenes y contra la clase trabajadora madrileña a la que defendían ante los tribunales franquistas, ya fueran tribunales laborales, o el famoso Tribunal de Orden Público (TOP), encargado de ahogar cualquier intento de abrir las puertas a los derechos democráticos en los centros de trabajo, o en los barrios. Abogados de las clandestinas CCOO de Madrid y defensores de las asociaciones vecinales.
Luis Javier Benavides, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez, Francisco Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira, Miguel Sarabia, Luis Ramos, Dolores González Ruiz, Alejandro Ruiz-Huerta. Cinco murieron, cuatro sobrevivieron, arrastrando durante toda su vida la carga imponente de la sangre, el dolor, la muerte y la memoria incómoda de la que Alejandro nos habló detalladamente en su libro.
La iniciativa tuvo buena acogida por parte de la corporación municipal. Eran otros tiempos marcados por la reconciliación, la cultura del diálogo y una derecha capaz de entender estas cosas y darles viabilidad. De hecho hubo que acometer obras para reforzar la estructura de la estación de Metro de Antón Martín sobre la cual se pretendía instalar la monumental obra de piedra y bronce.
La complejidad del proyecto hizo que la inauguración se retrasase un poco, pero pudimos fijar la fecha de inauguración para junio de 2003. El alcalde de Madrid recién elegido, Alberto Ruiz-Gallardón, cedió su puesto a su predecesor Álvarez del Manzano, en el acto público de Antón Martín. Yo era, en aquellos momentos, Secretario General de las CCOO de Madrid, desde el año 2000 y me desplacé al acto desde la Asamblea de Madrid.
Estaba allí porque habíamos sido invitados a la elección de nuevo Presidente para la Comunidad de Madrid. Rafael Simancas, con el apoyo de Izquierda Unida, había conseguido una exigua mayoría sobre la derecha encabezada por Esperanza Aguirre. Tuvimos que abandonar tarde la Asamblea porque la desaparición de dos diputados socialistas, dieron principio al Tamayazo, cuyas consecuencias ha pagado Madrid desde entonces.
La cara de Gallardón era un poema en los escaños del pleno, salimos con el tiempo justo y de camino, por las calles de Vallecas, un autobús se precipitó contra el coche. No hubo grandes percances, pero llegamos tarde al acto, haciendo esperar a los asistentes.
Desde aquel día, seguimos depositando flores en los cementerios donde se encuentran enterrados los jóvenes abogados asesinados en Atocha. Seguimos acudiendo a la puerta de Atocha 55, donde se encontraba el despacho laboralista.
Pero el monumento a los Abogados se ha convertido en el lugar donde la Fundación Abogados de Atocha, la dirección de las CCOO de Madrid, un representante de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos (FRAVM), del PCE y, casi siempre, algún abogado en representación del Colegio de Abogados, dirigen unas palabras a los numerosos asistentes.
Luego nos dirigimos al Salón de Actos de CCOO de Madrid, al que, en aquellos años, dimos el nombre de Auditorio Marcelino Camacho, donde se realiza el acto de entrega de los premios anuales que concede la Fundación a personas o instituciones que, a lo largo del planeta, defienden los derechos, las libertades y el imperio de las leyes justas.
Aunque la dirección actual de las CCOO de Madrid haya decidido no renovar mi presencia en el patronato, junto a otras personas que creamos la Fundación, no puedo dejar de sentir el orgullo de que este monumento a los Abogados de Atocha haya sido proclamado por el Gobierno de España como Lugar de Memoria Democrática.
Hace algunos años que no puedo asistir a los actos en memoria de los Abogados, porque mis clases de adultos en Parla me lo impiden. Pero ese día, el 24 de enero, y en algunas otras ocasiones, hablo de los de Atocha a mis alumnas y alumnos.
No dejo de recordarles, de hablarles, por primera vez a gran parte de ellos, inmigrantes de cualquier rincón del mundo, que aquellos jóvenes, muchos de ellos de “buena familia”, decidieron ligar su destino a los condenados de la tierra, a los últimos, a los trabajadores, a los pobres, a los nadies.
El precio que pagaron fue muy alto. Les debemos el recuerdo para que sus nombres no se borren de la historia. Les debemos no la memoria flácida y complaciente que algunos quisieran, apalancados en sus poltronas inasequibles, inamovibles.
Ahora que la justicia nos desvela su peor cara como instrumento al servicio de intereses políticos, dócil con los poderosos, intratable con los de abajo, atenta tan sólo a mantener intereses y privilegios corporativos, aún a costa de alabar a gobernantes entregados a la bajeza, la mentira y la truhanería.
Ahora, en estos difíciles tiempos de desidia y desasosiego, la mejor memoria de los de Atocha, consiste en continuar su lucha allí donde nos toque y con su ejemplo como bandera.




