Sin distintivo y a lo loco

El mes pasado escribía un artículo en este mismo medio hablando sobre el Ayuntamiento de Madrid y su decisión de acabar con la moratoria que aprobó hace un año y prohibiendo la circulación por la capital de vehículos sin distintivo ambiental, a partir del 1 de enero de 2026.

El argumento para adoptar esta medida hace referencia a la normativa europea que exige combatir las emisiones contaminantes, las enfermedades y las muertes de miles de vecinos cada año, a causa de problemas derivados de la contaminación, así como un futuro respetuoso y comprometido con un medio ambiente limpio y sostenible.

Sin embargo, el Ayuntamiento ha dado marcha atrás en el último momento y ha decidido conceder un año más de prórroga en la moratoria. Dicho de otra manera, ha decidido dejar circular por Madrid a los coches sin distintivo ambiental cuyos propietarios sean residentes en la capital.

El Ayuntamiento justifica la medida en el hecho de que el número de estos vehículos es reducido y, por lo tanto, el impacto de la contaminación que producen es muy pequeño, aún más teniendo en cuenta que la situación del aire en Madrid es cada vez mejor.

En cuanto a los más firmes defensores de la moratoria, el grupo municipal de ultraderecha se congratula de que se haya aceptado su propuesta y adoptado esta decisión porque los afectados son, sobre todo, gente humilde, pobre, inmigrante, mayores, que no pueden hacer frente a las decenas de miles de euros que cuesta un coche híbrido, o eléctrico.

Por el contrario, la izquierda madrileña representada en el pleno del Ayuntamiento ha protestado por el aplazamiento de una medida que consideran inevitable y ha hablado de negacionismo climático Los ecologistas, por su parte, han esgrimido las muertes producidas por la contaminación en nuestras ciudades, para exigir que se aceleren las restricciones de tráfico en Madrid.

De nuevo la izquierda entrega a la ultraderecha un maletero lleno de argumentos y la bandera de la defensa de los intereses de los más pobres, de quienes cuentan con menos recursos. Pero lo peor es que han terminado comprando el producto averiado de los fabricantes de coches, su obsolescencia programada, sus beneficios increíbles y, no pocas veces, trucados .

Es cierto que, mientras circulan por nuestras ciudades, los vehículos híbridos, o eléctricos, contaminan menos que uno de combustibles fósiles en esa ciudad. Otra cosa es cuánto de contaminante es el petróleo, o el carbón, o la energía nuclear, con que se obtiene la energía eléctrica que consumen los nuevos coches.

Desde luego, el proceso de fabricación de esos coches necesita incansables procedimientos de extracción de muchas tierras raras, muchos materiales y minerales que producen alta contaminación, que se cobran incontables vidas humanas y que contaminan tierras, aguas, mares, desiertos, bosques, selvas y regiones enteras del planeta.

Y al final hay que ver qué se hace con esas grandiosas baterías y con las partes desechables de los coches inservibles y con los generadores eólicos obsoletos y las placas solares finiquitadas. Seguro que toda esta cachivachería  acaba enterrada en los mismos desiertos, en los mismos bosques y selvas de las que salieron.

En eso consiste el desarrollo sostenible, la lucha contra el cambio climático, la disminución de la huella de carbono y su compensación, la energía limpia y otros palabros al uso. Extraer y contaminar lejos, focalizar las guerras en otros países, dejar que sus aguas se pudran, que sus tierras se contaminen, que sus aires sean irrespirables.

Todo vale mientras se asegure que nuestra tierra es más verde, nuestra paz más duradera, nuestro consumo imparable, nuestras aguas más limpias y nuestro aire, el de nuestras ciudades, más respirable. Seguro que, puestos a la tarea, nuestros investigadores serían capaces de reducir al mínimo las emisiones de nuestros viejos coches. Seguro que unas políticas sensatas de transporte incrementarían el uso de un transporte público fiable, eficiente, menos contaminante.

No sé bien cuándo, ni por qué, la izquierda comenzó a sentirse más cómoda en los escaños que en los centros de trabajo, en asambleas halagadoras que escuchando la voz de las aulas, en las redes sociales que en las residencias de mayores y en las escuelas infantiles.

La izquierda, o eso que llamamos izquierda, no puede perder sus distintivos, sus señas de identidad. No puede extraviarse y alejarse de su única patria, la de los excluidos del poder, los privados del justo reparto de los bienes. Bien pudiera ser que la ultraderecha no tardara en aprender el camino y alzarse con las banderas de la libertad, la igualdad y hasta las de la solidaridad.

A veces conducir sin distintivo, sin ton ni son, a tontas y a locas, puede traer problemas.

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