Las locuras diarias del emperador me traen a la cabeza escenas vistas recientemente, como la locura de Caracalla designando cónsul a su mono, o la de Calígula nombrando cónsul a su mejor caballo de carreras, Incitatus. En ambos casos, los dos conocidos, perturbados y lunáticos emperadores, pretendían afianzar su poder, imponerse sobre el siempre inestable, díscolo e imprevisible cuerpo de senadores.
Locos estaban, ciertamente, pero no más que tantos otros en aquellos tiempos y en los nuestros. Locos, pero no tanto. Un imperio en descomposición exigía este tipo de gestos. Gestos sobredimensionados, sobreactuados y que muestran una realidad inexistente.
De hecho, lo del mono de Caracalla es una licencia cinematográfica de Ridley Scott y lo del caballo de Calígula parece que fue sólo una amenaza para doblegar y humillar a los senadores. Al final no montó una cuadra en un escaño del Senado.
Sin embargo, en este imperio tan de nuestros tiempos, también en descomposición, el emperador de turno, acompañado de sus monos, sus caballos y sus incontables y mediocres pelotas, entre los que se cuenta el Secretario General de la OTAN a la cabeza, ejerce sus altas capacidades de adoptar caprichosas medidas arancelarias, autorizar bombardeos y entrar en guerras sin permiso de sus senadores, aumentar los impuestos guerreros a sus aliados y pactar con todo tipo de autócratas imperiales.
Era algo que se veía venir, aunque nadie quiso darse cuenta de lo que se nos venía encima. Sus antecesores abrieron el camino cuando decidieron invadir pueblos utilizando mentiras como aquella de las armas de destrucción masiva en Irak, a la que se apuntaron aquellos que Bush llamaba mister Ansar y mister Blair.
Aquellos polvos trajeron luego todos los lodos de los atentados del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid y los del 7 de julio de 2005 en Londres. Desde aquellos días la vida política española (y también británica) entró en una descomposición de la que aún no nos hemos recuperado.
Los emperadores estadounidenses convirtieron el mundo en un infierno, forzando la guerra en Afganistán, en Irak, los conflictos en toda África, las primaveras árabes que acabaron en desastrosas guerras civiles apoyadas por las grandes potencias.
Fueron ellos los que provocaron reacciones de atentados en cadena a lo largo de todo el planeta. Y los genocidios de tutsis tolerados en Ruanda se han convertido ahora en genocidios como el de Palestina.
Esos emperadores generalizaron la instauración de medidas de internamiento ilegal y deshumanizado en Guantánamo, en Abru Ghraib, en Irak y en un sinfín de prisiones secretas en lugares como Polonia y Rumanía, pero también en otros países europeos. Por todo el planeta las personas que desaparecen y nunca se vuelve a saber de ellas.
Así se allanó el camino para que el monstruo instalado en la Casa Blanca se haya dedicado a inaugurar nuevas cárceles como la recién abierta Alligator Alcatraz, el Alcatraz de los caimanes, en los pantanos de Florida, para recluir a 5000 inmigrantes indocumentados detenidos previamente por los Servicios de Control de Inmigración y Aduanas. No le bastaba haber deportado a centenares de inmigrantes, en más de 50 vuelos, a las cárceles de El Salvador a las órdenes de Bukele.
Quien se opone al emperador se opone a todos los pelotas y palmeros que le acompañan. Quien discrepa ratifica la validez de los experimentos realizados por investigadores como Asch, que demostró cómo el individuo que termina plegándose al grupo puede acabar expresando cosas que nada tienen que ver con la realidad que él había percibido o concebido.
El emperador y sus secuaces, como si fueran actores en otro experimento de Milgram, incitan a cada uno de nosotros a aceptar las órdenes, a intuir y obedecer los deseos de la corte imperial, por tortuosos, por caprichosos y absurdos que sean y aunque contravengan lo que dicta nuestra conciencia, lo que perciben nuestros sentidos, lo que sienten nuestros corazones, o lo que nos muestra nuestra razón.
Hace casi 75 años Albert Camus publicó El hombre rebelde. Va siendo hora de recuperar las ideas de aquellas y aquellos que aspiraban a emanciparnos de la condición de siervos. Va siendo hora de dejar de obedecer al emperador y declararnos en rebeldía.
Hora de defender nuestra ética de la acción siguiendo a Gandhi en su idea de que medios y fines no son separables. Siguiendo a Camus en su radical idea de que la ética reside en los medios y no en los fines, hasta el punto de que son los medios los que contienen los fines.
No podemos seguir aplaudiendo los designios de trastornados emperadores, de sus monos, sus caballos y sus mediocres cortesanos pelotas. Esto no es una superproducción cinematográfica. Está muriendo demasiada gente y hay demasiadas vidas en juego.




