Te busca madre mientras su cuerpo es mecido
por el mar en el que se sumerge dormido
sueña tu abrazo, busca recuerdos
a los que aferrarse para no conciliar el sueño.

Ismael Serrano. A las madres de Mayo

 

Estudiaba COU, aquel curso de orientación universitaria que sustituyó al PREU. Estudiábamos cuatro años de bachillerato elemental, otros dos de bachillerato superior y este curso de preparación para pasar a la universidad. Era el año 1973 y aquel 11 de septiembre los noticiarios, el único que había, el oficial, daban cuenta de que los tanques bombardeaban el Palacio de la Moneda y las tropas entraban hasta el despacho del Presidente Salvador Allende, para matarle, o para verle morir. Nunca lo supimos. La vía democrática al socialismo quedaba clausurada por orden de la autoridad militar, por supuesto.

Ese año los estadounidenses retiraron sus tropas de Vietnam y dieron por perdida su aventura en el infierno indochino. Pero eso no significaba que renunciaran a seguir considerando América Latina como su patio trasero. La larga experiencia golpista confirmaba que las grandes multinacionales no podían renunciar a obtener ni un solo dólar menos en sus brutales beneficios.

Llevaban décadas de intervencionismo, compra de voluntades, asesinatos de líderes sindicales y políticos, exterminio de poblaciones indígenas, deforestación acelerada, extracción masiva de recursos minerales y naturales. Cuando alguien levantaba cabeza, desde las oficinas del gobierno de los EEUU se planificaba un golpe de estado para seguir garantizando los intereses de las grandes corporaciones.

Ya en 1954 Guatemala y Paraguay sufrieron golpes militares que acabaron con sus democracias. En el 68 fue Perú. En el 71 los militares golpearon Bolivia, en el marco de una larga historia de asonadas y pronunciamientos militares. Uruguay y Chile en el 73. Argentina en el 76. No fueron los únicos, pero todos venían justificados por la lucha contra el comunismo, contra los avances de la izquierda. Lo llamaban Operación Cóndor, pero era una salvaje operación de control económico y político de toda Latinoamérica.

En este contexto, el 24 de marzo de 1976, hace 50 años, se produce el golpe que inaugura la dictadura cívico-militar en Argentina. La presidencia de María Estela Martínez de Perón es sustituida por casi ocho años de terrorismo de Estado. Jorge Rafael Videla del Ejercito de Tierra, Emilio Massera, de la Armada y Orlando Ramón Agosti, del Aire, los integrantes de la Junta Militar que toma el poder, suspenden las garantías democráticas, acaban con la prensa libre, cierran partidos y sindicatos y se dedican a reprimir cruelmente la subversión.

De forma sistemática y organizada secuestraron, torturaron en centros militares y policiales distribuidos por toda Argentina, asesinaron clandestinamente y arrojaron desde sus aviones a personas vivas sobrevolando el océano, se llevaron a los niños y se los repartieron entre las familias del nuevo régimen. Así murieron políticos, sindicalistas, estudiantes, miembros de todo tipo de organizaciones civiles democráticas. Socialistas, comunistas, anarquistas, cristianos de base, líderes sociales, demócratas.

En pocos años decenas de miles de personas murieron bajo la represión militar. Centenares de niños fueron arrancados de sus familias y entregados a los servidores de la dictadura. Centenares de miles de argentinos fueron torturados, o emprendieron el camino del exilio, huyendo de los campos de tortura, de los aviones de la muerte, de la desaparición de sus hijos.

Conocí a algunos de ellos en Madrid, en los años ochenta. Nosotros vivíamos la primera década de la democracia y ellos vivían el exilio de una dictadura asesina. Recuerdo con cariño a Silvia y a Juan. Ella periodista, él cantautor. Recuerdo a sus hijos Lucía y Olmo, que se criaban junto a mis hijas, en el mismo colegio, en las mismas fiestas. Hoy retornados en Argentina, siguen en la brecha de la defensa de las libertades y los derechos democráticos.

Surgieron en aquellos momentos de horror a tumba abierta, de crímenes legalizados, de torturas brutales, los movimientos de las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo. Veían desparecer a sus hijos, a sus nietos y decidieron compartir sufrimiento, dolor, tragedia. El 30 de abril de 1977, un año después del golpe, comenzaron a marchar en la Plaza de Mayo.

Al principio pocas, unas veinte. Pero siguieron marchando, caminando, con sus pañuelos blancos que representaban la vida de sus desaparecidos. Una de las primeras, Azucena Villaflor, que buscaba a su hijo y a su novia, desaparecidos, acabó detenida y también desaparecida, el 10 de diciembre de ese mismo año.

Dónde están sus hijos, quiénes fueron sus torturadores, bajo qué órdenes actuaban, quién juzgará a los responsables, quién preservará la memoria, quién verá de nuevo la democracia, quién la cuidará.

Y junto a las madres marcharon las abuelas. Las que buscaban a los nietos, a los bebés raptados, a las mujeres embarazadas, secuestradas, las que parieron en los centros clandestinos de tortura, las que fueron asesinadas y sus hijos entregados a familias de militares, o cómplices de la dictadura.

Buscar, encontrar, identificar, devolver a esos niños a sus familias, perseguir a los secuestradores. Cincuenta años han pasado y su lucha se mantiene viva, porque la justicia sigue sin abrirse camino plenamente, porque son muchos aún los niños y niñas desaparecidos, secuestrados.

El famoso escritor Ernesto Sábato, fue encargado de presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Su trabajo dio como fruto el informe Nunca Más. Sobre su base fueron juzgados miles de casos de tortura, de asesinatos cometidos por la Junta Militar. La dictadura sometida a juicio por crímenes contra la humanidad.

Estos procesos siempre son tortuosos. Unas veces las leyes de amnistía, otras veces las leyes del perdón, las punto y final, las de obediencia debida, se han encargado de entorpecer los procesos judiciales abiertos y la labor de los fiscales, los jueces, los tribunales, las víctimas, los familiares. Aún hoy en día, cincuenta años después, pese a las condenas que se han producido, siguen siendo muchos los juicios abiertos y muchas las sentencias pendientes.

Es cierto que los debates han sido muy duros a lo largo de estos años. Que la documentación es inmensa, los libros escritos, las películas, las representaciones teatrales, artísticas ha contribuido a transitar este largo duelo. Las Madres, las Abuelas y los HIJOS (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) siguen luchando por la justicia, el conocimiento del paradero de los desaparecidos y combatiendo la desmemoria programada. Su labor ha sido reconocida internacionalmente, entre otros por la Fundación Abogados de Atocha que propuse crear allá por 2004, tras los atentados terroristas del 11-M en los trenes.

Sin embargo, las 30.000 personas asesinadas, los cientos de miles de torturados y represaliados, los cientos de niños secuestrados, siguen presentes como herida que no se ha cerrado aún en la vida argentina, en el resto del planeta. 50 años después la memoria viva de aquellos tiempos y de sus consecuencias reclama el firme compromiso de que el horror, la muerte, la tortura, no vuelvan a repetirse jamás.

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