Viene de lejos. La corrupción no es algo novedoso en España. Eso sí, hay varias clases de corrupción. La corrupción cutre y la que vuela alto. La corrupción de los Koldo, Ábalos y Santos Cerdá es buen ejemplo de corrupción cutre.
Mientras tanto, los comisionistas primos, hijos, novios, amigos y allegados en el Ayuntamiento capitalino, en la Comunidad de Madrid, o los atrincherados en empresas interpuestas, son buenos ejemplos esa otra abundante corrupción de altos vuelos.
Son la misma corrupción de siempre, con sus versiones para ricos y para pobres. La de los Koldo y compañía es la del sevillano Patio de Monipodio, donde Cervantes sitúa a los pícaros Rinconete y Cortadillo, espacio de encuentro para la cofradía de los ladrones. Lugar privilegiado en aquella Sevilla en la que desembarcaban todas las riquezas del expolio de las tierras americanas.
Cuando los dos jovenzuelos preguntan a uno de aquellos pillastres,
-¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
La respuesta no puede ser otra que,
–Sí, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año de noviciado.
La reflexión de Cortadillo no se deja esperar,
–Cosa nueva para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.
Justa reflexión. Pero ya ha llovido mucho desde entonces y en todos los partidos, como buen reflejo de toda la sociedad, se ha instalado la idea, la convicción profunda, de que es posible y hasta bueno operar al margen de los famosos principios de cada uno y de los dioses a los que adore y sirva.
Muy por encima del servicio del pueblo, se encuentra la necesidad de ser un truhan, un triunfador, hacer las trampas que haya que hacer y ganar el dinero siempre necesario, nunca suficiente. Mentir está permitido en política, me contaba un día un maduro responsable político llegado de altas instancias empresariales.
Los cutres cuentan sus robos por cientos de miles de euros, que acaban en pisos de lujo, coches de alta gama y prostíbulos de baja estofa. Los de buena familia los cuentan por millones. Los unos pagarán ante la justicia un matizado precio y los otros esquivarán la justicia, gracias al servicio de excelentes abogados y a un poder judicial magnánimo y no tan ciego como nos cuentan.
Vivimos en un país en el que, por el mismo delito, uno puede acabar pagando años de cárcel, o salir indemne, con una multa más que asumible. Una justicia de robagallinas de la que nos habló un día un presidente del Tribunal Supremo.
Si somos como somos y tenemos el país como lo tenemos es, en parte, porque hemos aceptado al pulpo de largos, insaciables y codiciosos tentáculos, como animal de compañía. La conquista de América fue un campo de experimentación y de aprendizaje de interminables experiencias.
Las guerras interminables, en Europa, o en África, fraguaron excelentes negocios que regaban de dineros al rey, a sus allegados, a los banqueros y terminaban plagando de charquitos el suelo de los palacios, las corralas y los burdeles. Negocios desastrosos, cuyas consecuencias terminamos pagando en forma de dictaduras, mano dura y terribles guerras intestinas.
El suelo se convirtió, de pronto, en la principal industria de España. Brotó como una pandemia el negocio de las recalificaciones, de la información privilegiada sobre las operaciones en marcha, la construcción sin medida ni control, el trasiego de los maletines cargados de dinero a cambio de determinadas concesiones, la connivencia entre los constructores, los promotores, los propietarios, los políticos.
Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que un amigo me decía que a cualquier ciudadano se le presume la inocencia, menos a un concejal de urbanismo de cualquier ayuntamiento. Añadía que todos y cada uno de los partidos con presencia en el pleno municipal recibía su parte alícuota del negocio. No lo sé. No tengo pruebas. Ese amigo no solía mentir, pero…
Hay páginas especializadas en contabilizar delitos de corrupción. Las listas son interminables. El PP se encuentra implicado en cerca de 270 casos. El PSOE en casi 150. Los demás partidos se mueven en torno a 10 casos, o menos. Pero los nombres de muchos de ellos son archiconocidos. Sin ánimo de ser exhaustivo,
Casinos, Banca Catalana, cursos de formación, Naseiro, EREs, Puerta de Hierro, Filesa, Púnica, Rato, Pokémon, Bárcenas, Ciudad de la Justicia, Guerra, Lezo, Fabra, Castor, Espías, Desguaces La Torre, Guateque, Gürtel… La lista es interminable.
El PP acumula más que todos los demás partidos juntos, de hecho ha sido el partido más contundentemente condenado por corrupción. Pero el PSOE tiene también un buen número de casos y no hay partido que no quede tocado, por más o menos asuntos sucios. La gran mayoría de casos se producen, o se fraguan en Madrid.
Uno de los problemas es que aceptamos perseguir jurídicamente, con peor o mejor fortuna, a los corruptos, mientras que los que ponen el dinero en los maletines, los corruptores, se van siempre de rositas, sin pagar precio alguno. Ya vemos el poco interés de los juzgados por registrar las sedes de esas grandes compañías que ponen el dinero en manos de los hoy procesados.
La CEOE lo ha dejado claro. Que se persiga a los corruptos, que se acabe con la corrupción política, que se convoquen elecciones a ver si vienen los nuestros, pero el sistema empresarial no es corrupto, el que corrompe es el que tiene poder. Curiosa forma de negar que el dinero da poder y defender que los corruptores son de la casa y no hay que tocarlos.
Pienso cada vez con más claridad que la táctica del quítate tú para ponerme yo no nos sirve de nada. Ya sé que aquí todo se resuelve con unas elecciones para que perviva el turno imperfecto de los gobiernos de esta segunda restauración borbónica. La corrupción forma parte de España desde hace siglos. Es estructural, consustancial y nos recorre de arriba abajo.
Por eso se me ocurre que la única solución real pasa por forzar inmediatamente un nuevo pacto de convivencia, una nueva transición, un pacto político y social contra la corrupción en todos sus niveles, en todas las organizaciones y en todas sus expresiones. Acabar con este desmán, por muy patriótico, endémico y estructural que sea.




