Involución en el capitalismo de datos

Ha llegado el tiempo en el que el capitalismo industrial, productivo, comercial, e incluso el de servicios, ha pasado a convertirse en un capitalismo financiero y dentro de esa manera de generar dinero artificialmente, sin base productiva alguna, la primacía la ostenta el capitalismo del uso y abuso de los datos por parte de todo tipo de redes, plataformas y empresas de alta tecnología.

Nos pasamos a la hora de actuar, interactuar y dedicar horas y horas de nuestro tiempo a la pantalla de nuestro móvil, mientras las páginas, las plataformas, las redes en las que nos metemos toman buena nota de nuestro comportamiento, nuestros gustos, nuestras compras, nuestras devoluciones hasta el punto de que nos conocen mucho mejor que nosotros mismos.

Es el trabajo de sus algoritmos, desconocidos para nosotros, difícilmente contrastables, los que les permiten traficar con nuestros datos y obtener beneficios incalculables. Es muy difícil democratizar, seguir, controlar, gestionar y tomar decisiones en ese y sobre ese mundo. Nuestras preferencias, nuestros deseos, nuestros gustos y hasta lo que vamos a querer comprar mañana están a la venta, al mejor postor.

Y no es que el capitalismo no haya hecho siempre todo lo posible para dirigir nuestros comportamientos. Es que ahora los algoritmos, las nuevas tecnologías, las empresas tecnológicas saben y hasta deciden lo que vamos a querer comprar, lo cual significa que todo son ganancias, no hay pérdidas, se puede fabricar de hoy para mañana en la cantidad que deseen, sin riesgos.

Pero para ello necesitan algo más que vendernos cosas, necesitan programar nuestros hábitos sociales, nuestros hábitos culturales y hasta nuestros pensamientos en términos de género o prejuicios raciales, o nuestras ideas políticas sobre comportamientos democráticos.

Ya no son los terratenientes, ni los industriales, ni los constructores, ni los comerciantes, ni tan siquiera los dueños de las materias primas los que dirigen el cotarro. Son las grandes tecnológicas, las plataformas, las redes, las que dirigen y gobiernan nuestras vidas a base de controlar los datos de nuestro comercio electrónico.

En principio esta actuación parecía que jugaba a favor nuestro. De pronto parecía que podíamos comprar a la carta, todos podíamos encontrar lo que queríamos, editar y ver nuestro libro impreso en el escaparate de una librería del barrio. Algunos lo consiguieron. Pero era tan sólo un espejismo.

Pronto las plataformas se dedicaron a discriminar qué productos aparecían y cuáles no, qué marcas triunfaban y cuáles desaparecían de las búsquedas. La competencia es sólo aparente porque todos terminamos comprando los mismos productos, con leves variaciones y, sobre todo, pasando por las mismas cajas.

A esta situación hay que unirle los privilegios fiscales de eso que llamamos gigantes tecnológicos. Todos los gatos quieren zapatos. No hay presidenta de Comunidad Autónoma y hasta alcalde que no desee atraer a grandes inversores tecnológicos a cambio de exenciones fiscales, regalo de terrenos y demás triquiñuelas.

Y para remate, ese nuevo mercadillo va acompañado de la subcontratación de servicios y la precariedad de los trabajadores, sometidos a la condición de falsos autónomos, jornada a tiempo parcial, disponibilidad horaria y discontinuidad, que agravan la situación, provocan conflictos permanentes y desembocan en el deterioro de las propias instituciones laborales y de consumo. Un desorden programado.

Sin duda la gobernanza de esta situación no es fácil, porque cada país hace de su capa un sayo. Unos gobiernos sancionan y otros no. Unos intentan controlar y otros aplican una deliberada indolencia para atraer a las plataformas. El resultado es que nadie controla globalmente el volumen de beneficios generados y su reutilización social.

Nadie asegura, por poner un ejemplo, que todos los datos que obtienen sobre nuestros movimientos sirvan tan siquiera para mejorar las redes de transporte público. Más bien asistimos al espectáculo de cómo estas grandes tecnológicas desestabilizan gobiernos a su antojo y deterioran democracias a lo largo de todo el planeta.

El desarrollo tecnológico no sólo supone avance y progreso. También puede suponer deterioro democrático y retroceso social. El problema no es tanto la velocidad de los cambios, sino cómo se planifican, diseñan y utilizan instrumentos como la Inteligencia Artificial, o el uso del inmenso volumen de datos, por  parte de intereses privados.

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