Lo llaman Inteligencia Artificial. Así, con mayúsculas. IA en castellano, AI en inglés. Artificial puede que sea. Inteligencia, más bien poca. Una de esas inteligencias artificiales te atiende cada vez que llamas para solucionar tu problema en la prestación de un servicio cualquiera. Una máquina se pone al teléfono y te trata con toda la artificialidad del mundo, escasa inteligencia emocional y empatía ninguna.
Un buen día tu empresa suministradora del gas te comunica que otra empresa a su servicio va a realizar en tu domicilio la inspección obligatoria, el día que mejor les viene y a una hora indefinida a lo largo de toda la mañana. Si tienes algún problema tienes que llamar a un teléfono y allí te darán nueva cita.
Hasta aquí bien, pero ahora comienza el problema. Trabajas y no puedes perder una mañana de trabajo. Llamas y, tras pedirte datos y más datos, la máquina termina asignándote otra fecha también por la mañana, cuando trabajas, claro. Lo intentas de nuevo y ni por esas. Al final la máquina decide comunicarte que alguien te llamará, aunque nunca te llame.
Llega el día de la cita y no estás en casa. Entonces recibes un comunicado en el que te informan de que no estabas en casa, que te asignan un nuevo día, una nueva mañana por supuesto. Esta vez te avisan de que la inspección es obligatoria y que si no estás en casa publicarán tu nombre en el Boletín de tu Comunidad Autónoma y procederán a cortarte el suministro de gas. Todos los gastos de reposición del servicio serán por tu cuenta.
Lo vuelves a intentar, llamas al teléfono inteligente y aplicas el truco que te recomienda un amigo de decirle reiteradamente que quieres hablas con un operador… operador, quiero hablar con un operador, operador, operador, operador y al final salta el teléfono de un operador y hay otra persona al otro lado de la línea.
Otra cosa es dónde está esa persona y si está ahí para solucionarte el problema, o para aburrirte hasta conseguir que desistas del intento. Indicas tu DNI, tu dirección, tu teléfono, tu número de contrato, la compañía que te suministra, un número especial que aparece en la factura y que no encuentras por ningún sitio. Al final, lejos de solucionarte el problema el operador pretende que cambies el tipo de contrato de precio fijo a variable, o al contrario.
Te quejas ante el Ministerio de Consumo, ante la Consejería de Consumo, ante Consumo municipal, ante el Defensor del Pueblo. Unos no saben, no contestan, otros dicen no ser responsables y te derivan a otros terceros y otro te pide más papeles, o cierra el expediente abierto.
Al final, decides mandarles un mensaje por privado en alguna de las redes sociales en las que la Compañía gasística está presente. Ni caso. Entonces mandas el mismo mensaje en abierto, para que lo lea todo el mundo. Una pregunta al público en general para saber si recibe el mismo trato que tú por parte de la compañía.
A partir de ese momento comienzas a recibir llamadas desde diferentes teléfonos y hasta a través de las redes sociales comienzan a contestarte en privado. Al final resulta que sí es posible una nueva cita, a un nuevo horario compatible con tu horario de trabajo y consigues pasar la inspección sin mayores contratiempos.
El problema es que no se trata sólo de compañías del gas, sino de todo tipo de servicios. El proceso se repite una y otra vez. La IA, AI en inglés, no soluciona problemas, sólo los aplaza, como si todo hubiera dejado de funcionar, como si el colapso hubiera llegado y como si lo artificial hubiera desplazado definitivamente a la inteligencia.
Convendría hacérnoslo mirar, dejar de confiar en la gran pantomima en la que nos están instalando y exigir trato personal y personalizado cada vez que lo pidamos.




