No nos quieren humanos

Escucho a los endiosados magnates tecnológicos y me reafirmo en la idea de que eso que llaman un mundo postmoderno consiste en quitarse de en medio a los seres humanos. El transhumanismo consiste en una nueva religión que pasa por la muerte del ser humano para resucitar como una máquina eterna y perfecta.

La tecnología es la única herramienta capaz de deglutir y regurgitar la ingente cantidad de datos en juego. Nuestra salvación depende de nuestra fe absoluta en el poder tecnológico y en sus sumos sacerdotes. Ya no hay historia alguna que recordar, ya no hay política, ni tan siquiera ideas distintas. Todo es biotecnología, biohistoria, bioideología y biopolítica.

No les hace falta tomar el poder político si son capaces de moldear nuestras tendencias, nuestros gustos, nuestra forma de ser, nuestra identidad. Nuestras organizaciones, nuestras instituciones, nuestra sociedad se convierten en meros instrumentos de su riqueza. Nuestras vidas se encuentran organizadas desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte.

Y lo aceptamos de buen gusto, porque no hay otro mundo posible, ni otro horizonte donde fijar nuestra mirada. La política se transforma en un ejercicio de totalitarismo en el que gobiernos y oposiciones aceptan las reglas del juego, sin cuestionar nada.

La naturaleza humana se prepara para desaparecer y ser sustituida por seres posthumanos sin diferenciaciones de género. Nos quieren no sólo mezcla de máquina y humano, sino que nos quieren más allá de la especie humana. Nos quieren transespecie. Con unos órganos, un diseño y unos sentidos a su servicio. Parte de una naturaleza modificada.

Repletos de implantes y explantes nos dicen que podremos percibir cosas insospechadas. Seremos agua y aire y fuego y viento. Ya hay seres humanos que parecen ciborgs. Seres humanos que se consideran mejores, ajenos a cualquier límite ético, o moral. Al margen de cualquier límite legal.

Los seres humanos nos enfrentamos a dar respuestas muy distintas a viejos y nuevos problemas derivados de los derechos que tenemos, o no, sobre nuestro cuerpo. Problemas que vienen de lejos, como el aborto, o la eutanasia, pero también otros nuevos como el tráfico de órganos, la reproducción asistida, la multiplicidad de técnicas de reproducción, la maternidad subrogada.

¿Hasta dónde podemos modificar nuestros cuerpos, a base de incorporar biotecnología, con el objetivo de mejorar nuestras capacidades? ¿Tenemos derecho a transformarnos de tal manera que resultemos desconocidos para nosotros mismos? ¿Seres sin pasado, sin valores, sin futuro, sin una vida digna que llevar ante nuestros ojos?

Estamos ante problemas vitales, que afectan a derechos y a libertades, a la ética, la moral, nuestra manera de entender el mundo, la filosofía, la dignidad de las personas. Por eso deberíamos de partir de pensadores como Kant que formulaba su imperativo categórico como la obligación de tratar a los otros y a nosotros mismos como fines y no como medios instrumentales al servicio de nadie.

Entendernos de esta manera nos conduce a la consideración de que no podemos hacer con nosotros mismos y con los demás lo que nos dé la gana, por muy libres que nos consideremos. La libertad es el ejercicio de una responsabilidad personal, con los otros, colectiva. No somos instrumento, ni negocio de nadie.

Vivimos en un mundo que, en aras de la libertad de boquilla, la de tomar cañas cuando y donde queramos, nos intenta convencer de que somos autónomos, podemos hacer lo que nos dé la gana, no tenemos la obligación de pensar en el bienestar y la vida digna de los demás.

Y uno de los problemas que utilizan para justificar esa forma de pensar es que eso de la dignidad es un concepto demasiado etéreo. Si no somos libres no somos dignos y sin dignidad no hay libertad. Los dos conceptos dependen el uno del otro y se pueden prestar a malentendidos, malas interpretaciones, o tendenciosas versiones.

Las propias Naciones Unidas han intervenido en el debate de la relación de los Derechos Humanos con la Bioética, afirmando que en nombre de la libertad, del pluralismo, o de la diversidad cultural no se puede degradar la dignidad y la vida de los seres humanos.

La dignidad, reitero, es un concepto difícil, precisamente por ser un concepto central, en relación mutable, permeable y constante con otros principios y derechos. Claro que tenemos derecho a decidir sobre nuestras vidas, pero sin degradarnos y sin atacar las demás vidas. Nuestra libertad es la de todos. Cualquier forma de vivir no es aceptable, por el hecho de que haya muchas formas plurales de vivir.

Nuestra dignidad se encuentra directamente vinculada a nuestra libertad y a la igualdad entre todos los seres humanos. De cada cual según sus capacidades a cada cual según sus necesidades, que diría Don Carlos Marx. Puedes poner el acento en uno de esos tres principios, pero en relación, en diálogo permanente, con respeto de los otros dos.

¿Podemos mejorarnos como seres humanos? Por supuesto. Pero desde el respeto a la dignidad, la libertad y la igualdad. No es eso los que pretenden los transhumanistas, que reafirman el derecho absoluto a decidir cualquier locura sobre nuestro cuerpo y sobre los cuerpos ajenos.

Todo vale. Todo por el negocio. Sólo importo yo y los demás pueden irse al infierno ¡Viva la libertad, carajo!… Pues lo siento, pero no me convence, dijo el porquero de Agamenón.

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