Partido hasta mancharse

Nos cuentan que ya es una posibilidad al alcance de la mano. Los seres humanos podremos ser más perfectos que las máquinas y su inteligencia artificial, más que los robots que aprenden constantemente, más seguros que un blockchain, más grandes que el big data.

La revolución de la biología desbancará a la revolución digital. O eso nos cuentan. Al fin y al cabo nos han prometido Marte y más allá de Marte, el universo todo a nuestra medida y a nuestro alcance. Seremos como dioses, seremos dioses. Eso dicen. Pero es mentira. Los hombres mejorados, casi inmortales, dueños de la biotecnología, asistidos por una imponente Inteligencia Artificial, poseedores del poderío tecnológico dominador del espacio.

Nos quieren convencer de la realidad de ese distópico sueño. Convierten el futurismo, la ciencia ficción, en la justificación del desparramo caprichoso de dinero a espuertas que sólo podría beneficiar a unos pocos privilegiados, a costa de la desgracia de la inmensa mayoría. El empeño de terraformar el universo no se corresponde con la desidia y el destrozo al que someten a la vida sobre el planeta.

El absurdo de un mundo cuyo centro sería la tecnología al servicio de un ser transhumanista, entregado al consumo infinito, sólo puede ser combatido y contrarrestado por la ética, la filosofía y por un humanismo  que ponga orden y sitúe a las persona en el centro de los avances y del desarrollo.

Hay quienes plantean la confianza absoluta en los avances tecnológicos. Por el contrario la desconfianza gana terreno y son muchos los que consideran que los abusos tecnológicos degradan a los seres humanos. Hay que elegir si los avances son para todos, o para una minoría privilegiada, como ocurre en estos momentos.

Nunca seremos como aquellos seres originarios que dieron sus primeros pasos como especie humana, pero tampoco seremos nunca el fruto de unos avances tecnológicos imparables. Obcecarse en cualquiera de esas dos posibilidades supone un abandono cierto de nuestra responsabilidad histórica.

Podemos optar por nuestra supervivencia, o por nuestra destrucción como especie, Nada está escrito. Nuestra naturaleza no nos va a guiar por el camino correcto. Somos libres de escoger la responsabilidad o el egoísmo desbocado. Podemos ser autónomos o someternos a la dependencia más absoluta. Frente a la libertad del capricho que imponen los ricos y poderosos, elegimos la apuesta por la libertad de ejercer nuestra responsabilidad en el mundo.

La ética, la filosofía, deben desalentarnos de la confianza absoluta en los poderes de la técnica. La técnica, concebida como elemento para liberar a los humanos de la esclavitud, no puede convertirse en una nueva ideología absolutista que nos somete a sus designios arbitrarios, haciéndonos creer que no hay límites.

El capitalismo ha convertido la eficacia, la eficiencia, en el único metro para medir la actividad humana, para legitimar el desarrollo tecnológico y sus consecuencias transhumanistas y posthumanistas. Así pues frente a quienes apuestan por una libertad absoluta que tiene que ver sólo con las posibilidades infinitas de implantarnos tecnologías, se impone la exigencia del ejercicio de la responsabilidad de utilizar la tecnología para mejorar las vidas.

Ese es el reto del futuro. La revolución necesaria. La pregunta aún no respondida: ¿Una tecnología usada en nombre de la libertad para controlar recursos, invadir países, imponer formas de vida, o esa misma tecnología utilizada para defender la vida en el planeta?

Hora de elegir partido, partido hasta mancharse.

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