El colapso de una civilización

Ha utilizado una red social creada para su propio uso y disfrute,

Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás.

ha dicho el Dragón venido de los infiernos, el mismo que gobierna el mundo mientras otra pléyade de pequeñas bestias le rinden pleitesía y la bestia genocida al mando del Estado fallido de Israel le baila el agua mientras se beneficia de tanta muerte y destrucción.

Por un momento los Trumpólogos, que han sustituido a los Kremlinólogos, se devanaban los sesos especulando si jugaba de farol, si desataría un infierno nuclear, si es tonto perdido, o simplemente un demente extraviado, un niño malcriado, un asesino en serie.

De nuevo el parto de los montes. Sí, me refiero a aquello de los montes que gritaban, temblaban, se agitaban en fuertes terremotos, porque estaban de parto y, de pronto… apareció un ratón. Literalmente, Partiriunt montes, nascetur ridiculus mus. El propio Erasmo de Roterdam nos explica que estos versos fabulados,

se aplican a hombre fanfarrones y jactanciosos, que suscitan una sorprendente expectación con sus expresiones, forma de vestir y aire doctoral, pero que cuando llega la hora de concretar, producen meras simplezas.

Los exabruptos constantes, la chulería jactanciosa, serían simplezas, tontás y melonás de un demente, de no ser porque un dragón apocalíptico, venido de los infiernos, tiene sin duda el poder de incendiar, abrasar y destruir cualquier vestigio civilizatorio, incluida especialmente la propia civilización construida a lo largo de décadas. La nuestra.

Sus declaraciones serían ya motivo suficiente para conducir al Dragón y sus bestias ante un tribunal que juzgue sus crímenes de guerra. No ocurrirá porque todos sabemos que la justicia ha sido abolida y nadie se cree que pueda nunca alcanzar la justicia a semejantes personajes. Es algo que hemos aprendido para siempre. La justicia no existe salvo si eres un débil, o un perdedor.

Detrás de sus locuras, de sus cantos con la lira ante las ciudades que arden, de los caballos a los que nombra prebostes y senadores, de los pelotas oficiales y vergonzantes, como ese infame personaje que pasa por ser Secretario General de la OTAN. Detrás de todos ellos se encuentra el fin de nuestra civilización.

Matar a civiles, bombardear escuelas, destruir infraestructuras civiles, son violaciones que nadie debería tolerar. Ni los aliados del imperio, ni los militares de los ejércitos imperiales, ni tan siquiera los miembros de la Administración desde el Secretario de estado, al último de los conserjes, deberían aceptar esas órdenes, ni mucho menos ejecutarlas.

Estados Unidos se está ganando a pulso el deshonroso título de país terrorista, de país que desprecia los derechos humanos y las leyes internacionales, de país de criminales. Israel está perdiendo cualquier legitimidad para existir como país, para convertirse en un Estado genocida en Gaza, en Líbano, en todo Oriente Medio.

Cualquier funcionario, militar, ciudadano, trabajador asalariado, autónomo, cualquier rentista, empresario. Cualquier político, independientemente del partido al que pertenezca, cualquier Gobierno, debería alzar su voz y negarse a obedecer órdenes de un emperador enloquecido, caprichoso, mucho más poderoso que Nerón, o que Calígula. España lo ha hecho y un día seremos recordados por ello.

No estamos sólo ante bestias humanas que provocan la ruina de nuestras familias, las subidas de los precios, que colapsan la producción al cercenar las fuentes de energía. Estamos ante criminales, indecentes, indignos, que desprecian cualquier intento de construir un derecho internacional y unos derechos humanos.

No son los pueblos de Oriente, de África, de Asia, o de América Latina, los que van camino de la extinción. Son los Estados de América del Norte y de Europa, los que están permitiendo que unos locos degenerados jueguen a la ruleta rusa con nuestras cabezas.

Ningún analista puede precisar ahora mismo hacia dónde nos encaminamos. Todos sabemos que estamos recorriendo el filo de una navaja, el borde de un precipicio y que tal vez sea nuestra última oportunidad para vivir vidas libres, en paz, justas, solidarias.

Nuestra voz y nuestros actos, nuestra negativa a la obediencia, frente a las bestias criminales son hoy imprescindibles, o un mañana puede que no amanezca, porque nuestra civilización sea la extinguida.

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