Ya 95 años, desde aquel día en el que la Puerta del Sol se llenó de madrileñas y madrileños que enarbolaban banderas republicanas y que, más allá de ser socialistas, anarquistas, republicanos, de derecha civilizada. De sindicatos anarquistas, de la CNT, o socialistas, de la UGT, o del Partido Radical. Todos celebraban la oportunidad de transformar el país.
Salvo el clero más oscurantista, los rancios aristócratas de abolengo, los empresarios corruptores, junto a los políticos y militares corrompidos, la inmensa mayoría del pueblo español reclamaba un cabio de rumbo, una modernización europeizadora y una política que diera respuesta a los sempiternos y tradicionales males de España.
La cuestión agraria nunca bien resuelta, pese a unas desamortizaciones que nunca dieron tierras a los campesinos y hasta acabaron con los bienes comunales de uso compartido, dehesas, prados, bosques propiedad de todo el municipio. Aquellas tierras cambiaron de las manos de los nobles a las de los caciques terratenientes.
La cuestión imperial impedía que se desvaneciera el sueño de una España propietaria de cc002019entregamos a las pasiones coloniales en Marruecos, que parecían dar salida a las bajas pasiones guerreras de los militares, tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
No hubo tal salida porque los militares españoles, tan dados al golpismo y los pronunciamientos, unidos a una clase política y empresarial depredadora, en connivencia con una monarquía corrupta, generaron el nuevo mal de los militares africanistas, contrapuestos a los peninsulares y al desarrollo de los negocios sucios con los suministros del ejército, que dieron lugar a desastres como los del Barranco del Lobo, o el de Annual, en los que perdimos decenas de miles de vidas humanas.
La intentona dictatorial de Primo de Rivera fue el último estertor de un régimen que hacía aguas por todas partes. Incapaz de cerrar un ciclo y abrir otro nuevo. No había otra solución que acabar con la dictadura y emprender un nuevo camino, bajo el paraguas de la bandera republicana. Y esa oportunidad se abrió camino con la caída de la dictadura, el fracaso de la dictablanda del general Berenguer y tras el fusilamiento de aquellos jóvenes capitanes, Fermín Galán y Angel García Hernández, por instigar el Pronunciamiento de Jaca, a favor de la República.
Y qué decir de la cuestión territorial. No de la Tierra, sino de la organización del Estado. El centralismo, el regionalismo, el foralismo, el cantonalismo, el federalismo, o el nacionalismo catalán, el vasco y el gallego, a los que vino a sumarse más tarde, el andalucismo, de forma incipiente. Nacionalismos, federalismos, regionalismos, de diferentes cortes y expresiones, pero todos ellos reivindicadores de una descentralización y autonomía territorial, no siempre bien entendida e integrada en la política nacional.
Tampoco nunca resolvimos bien en España la cuestión religiosa. Un imperio, una lengua, una religión. El poderío del clero, del tradicionalismo. Sus implicaciones en política. La incapacidad de construir una España laica. El poderío de las instituciones religiosas en la educación, en la atención sanitaria y la protección social que luego desembocaría en el auxilio social franquista y, ya en la democracia, en los servicios sociales. Una influencia que aún hoy en día no ha desparecido.
Y la cuestión social, esa confrontación entre los muchos pobres y los pocos, pero inmensamente ricos. Lucha en los campos, la tierra para quien la trabaja, Tierra y Libertad. Lucha de clases, en las ciudades industrializadas, entre la incipiente burguesía industrial que abandona el abigarrado y “peligroso” centro de las ciudades, para instalarse en sus nuevos palacios y mansiones de los ensanches y la nueva clase obrera que se hacina en las periferias de los extrarradios.
Una nueva realidad que da lugar al nacimiento de los sindicatos obreros, la CNT y la UGT. A los partidos marxistas, radicales, republicanos. Que origina la reacción caciquil y las bandas de pistoleros de la patronal catalana. Que produce revueltas como la Semana Trágica, la Huelga General del 17, o la Huelga de La Canadiense, que nos trajo la jornada laboral de 8 horas diarias de trabajo.
Los pobres van a la guerra de Marruecos, los ricos libran a sus hijos pagando la redención a metálico, los soldados de cuota, o el pago a un sustituto. Se llama a filas a los reservistas mientras los hijos de los ricos escapan de la muerte. Mientras el monarca, su Corte y sus amigos de la burguesía se enriquecen a costa de los desastres militares, el pueblo grita en las calles… ¡Que vayan los ricos!
No fueron pocos los que denunciaron un sistema cada vez menos justo, menos libre y más corrupto. Desde Jovellanos, los ilustrados y las sociedades de amigos del país, pasando por los protagonistas de la Gloriosa del 1868, a los profesores universitarios expulsados por la Restauración Borbónica, que crearon la Institución Libre de Enseñanza (ILE), con sus orígenes filosóficos krausistas.
Los regeneracionistas que inspiraron a toda una generación de escritores, intelectuales y filósofos, como la del 98. Los Ateneos Libertarios y la Escuela Racionalista de Ferrer i Guardia, las Casas del Pueblo y los círculos obreros más vinculados a un catolicismo más social, son experimentos que dan lugar a Escuelas, cooperativas, organizaciones políticas y sociales, entidades econ0micas de solidaridad y ahorro que permitieron financiar estos movimientos.
Toda aquella voluntad de transformación, abierta a las ideas nuevas y plurales, las organizaciones tremendamente diversas, confluyeron aquel 12 de abril, en las elecciones municipales que dieron el triunfo a las candidaturas republicanas y aquel 14 de abril que amaneció republicano.
Eran tantos los males acumulados, tantas las miserias humanas, tantos los intereses económicos y personalistas, tanta la carga de siglos de injusticias y deseos insatisfechos, tanta la corrupción instalada en todo el tejido político, social, empresarial. Tanta la fuerza de los crispadores, especialmente encuadrados en el conservadurismo rancio, en el ejército, en la iglesia, en la España mortecina y profunda, que la República nació amenazada, acosada y ahogada, desde el principio, hasta que el golpismo pertinaz, irredento y tradicional, desencadenó la Guerra Civil y organizó la dictadura.
Y, sin embargo, fueron muchas las esperanzas, mucha la voluntad, interminable la ilusión desencadenada por el nacimiento de la República. Ahora que el cuento de la criada generado en torno a la Transición, ha sido desvelado. Ahora que la monarquía se ha presentado como la cara oculta del tremendo negocio especulador y corrupto. Ahora, el sueño republicano renace con todas sus fuerzas, frente al adocenamiento, la propaganda y la injusticia de un sistema que tolera la iniquidad, la inmoralidad, la tropelía y que las protege.
Este 14 de abril no se trata tan sólo de gritar ¡Viva la República!, sino de constatar que la República Vive. Porque, pese a todo, las ideas republicanas siguen vivas.




