11S, yo no fui, yo estaba en otra

Acaban de cumplirse 25 años de los terribles atentados del 11-S en Nueva York. Se han emitido reportajes, testimonios, documentales y películas que tienen que ver con aquel trágico momento. Una pregunta recurrente a la que se somete al público es saber si recuerda que estaba haciendo en aquella fatídica fecha.

La pregunta permite concluir que el entrevistado en cuestión no tiene nada que ver con los atentados y que tiene todas las coartadas y eximentes necesarios para no ser considerado, en modo alguno, ni cómplice, ni coautor, ni mucho menos autor, ni tan siquiera colaborador necesario. Y, sin embargo, pese a todo, nos hacen vivir la sensación de que algo tuvimos que ver en todo aquello y no siempre para bien.

El 11 de septiembre de 2001 yo estaba en otra. Era secretario general de Comisiones Obreras de Madrid desde hacía algo más de un año. y esa misma mañana, a primera hora, estaba firmando con Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de la Comunidad de Madrid desde 1995, un Acuerdo de Bases para el Plan Regional de Empleo de la Comunidad de Madrid.

Estos acuerdos se firmaban siempre en la sede de la Comunidad de Madrid, en la Casa de Correos. Los firmantes, además de nosotros dos, eran José Ricardo Martínez, secretario general de UGT Madrid y el desaparecido Fernando Fernández Tapias, por entonces presidente de la Confederación empresarial madrileña CEIM.

Eran tiempos de altas tasas de paro y tratábamos de que las políticas de empleo fueran activas, promovieran la creación de empleo y que no nos resignásemos a pagar una prestación por desempleo y ya. Eso hacía necesario actuar en varios frentes. El del empleo estable. El de la formación de las trabajadoras y trabajadores. El de unas condiciones de trabajo que redujesen lacras como la siniestralidad laboral.

Todo acuerdo, cualquier política, necesita dotación económica. Estábamos transitando hacia la implantación del euro. La dotación del acuerdo era generosa, de varios cientos de miles de millones de pesetas distribuidas en varios años. Sobre ese marco descansarían más tarde, planes regionales de empleo, de formación, de salud laboral, o de mejora del empleo público.

Eran otros tiempos. Por eso yo estaba en otra. España vivía inmersa en políticas que buscaban el acuerdo, el consenso entre los diferentes actores sociales. Eran los tiempos de la cultura del diálogo social que nació para la Transición y que fue impulsada en todos los ámbitos tras la Huelga General del 14D de 1988.

En Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y en el propio gobierno central se buscaban formas de entendimiento que cerrasen las sucesivas crisis económicas, de reconversión industrial y de salida del franquismo hacia un nuevo escenario europeo, con amplios espacios de concertación social.

Alberto Ruiz-Gallardón respetó en Madrid aquella cultura alentada por el socialista Joaquín Leguina y por una izquierda unida sensata y muy pegada a la realidad de barrios y pueblos. Esperanza Aguirre destrozó todo aquello en Madrid, en dos patadas, para dejar vía libre y descontrolada a todos los charcos de corrupción que inundaron la capital y emponzoñaron la convivencia nacional.

Ya hay muy pocos instrumentos de concertación, en Madrid diría que ninguno. Muchas instituciones desaparecidas como el Consejo Económico y Social madrileño. Ya quedan muy pocas políticas negociadas y acordadas con empresarios y trabajadores. La crispación lo es todo. El enfrentamiento es el protagonista.

Los políticos de gobierno hacen caja, los tertulianos hacen caja, los chorizos hacen caja. Madrid ha contagiado a España y hemos dejado de ser un país, una nación, para convertirnos en reinos de Taifas y en campo abonado para la lucha entre clubs del crimen organizado, familias mafiosas, clanes partidistas, bandas de asaltadores, intermediarios indecentes y lobistas.

Compran voluntades, venden favores, cobran con altos intereses, dominan los medios de comunicación, los juzgados, sobornan a empleados públicos, compadrean con gobiernos, convierten las instituciones en cosa nostra. Así están las cosas. Pero hace 25 años, cuando los aviones se estrellaban contra la dos Torres Gemelas, este país aún estaba en otra. El diálogo era necesidad y el acuerdo era posible. No siempre. Pero posible.

Aquel pequeño acuerdo regional firmado el 11S de 2021 en la Casa de Correos se perdió como lágrimas en la lluvia. En el despacho del sindicato encendí la televisión para ver si daban cuenta de lo firmado y lo que me encontré fue el horror desencadenado. El mundo cambió ese día. Puede que no sepamos verlo en el momento en que se produce, pero el colapso se produce inexorablemente, aunque sin prisa.

Durante días las imágenes de los impactos de los aviones sobre las Torres, el desplome de las mismas, el caos generalizado, el heroísmo sin límites. Casi 3.000 fallecidos. Incontables heridos. Secuelas de por vida. Aún hoy se valoran los efectos  de haber respirado durante horas y días aquellas partículas dispersas que quedaron en el aire.

Aparecieron luego las acusaciones, las amenazas de guerra, Aznar en las Azores, Aznar plantando sus zapatos en la mesa del rancho de Bush, Aznar poniendo acento anglo-mexicano. Aparecieron las mentiras políticas, las supuestas armas de destrucción masiva, para justificar los sucios negocios petroleros, tecnológicos, constructores, farmacéuticos, de la cúpula del gobierno de Bush. Desencadenamos, imparable también, el NO a la Guerra.

Y llegó el 11-M. Y llegaron las mentiras de nuevo sobre los autores del atentado. Y España votó contra tanta miseria política. Perdió Aznar, con marioneta interpuesta y comenzaron las teorías de la conspiración, el mal perder, el no saber perder, el golpismo encubierto de “el que pueda hacer que haga”. Imparables fuerzas desencadenadas hasta ahora.

Fue tan brutal el golpe del 11S, que hasta ETA debió de percibir que nunca podría causar tanto mal, tanto dolor, con tanta violencia, tanta bestialidad humana y terminó por abandonar las armas tras un último golpe en la T4 de Barajas, en el que acabó asesinando a dos ecuatorianos. Aquella manifestación, impulsada por los sindicatos madrileños de CCOO y UGT, abrazados en la marcha con FENADEE, la organización de ecuatorianos en Madrid, liderada en aquellos momentos por Santiago Morales. Aquella manifestación sellaba el final de ETA.

Y se acabó el diálogo social y la cultura del diálogo. Y comenzó el desmantelamiento del Estado del Bienestar y su entrega troceada a las corporaciones sanitarias, a los fondos buitre, a las grandes entidades financieras, constructoras, a los asiduos visitantes del palco. Cualquier político de pro cuida su futuro, beneficiando a quienes pueden ofrecerle algo parecido a la ruta de Aznar y Felipe hacia los consejos de administración y las intermediaciones político-empresariales.

Yo no fui,  yo no traje el 11S. Yo estaba en otra. Yo me quedé fuera de este desgraciado tiempo que se avecinaba. Perdí el control. El mundo se hizo otro y me dejó fuera. Pero no me quedé parado, ni tranquilo, ni quieto. Sigo trabajando, enseñando en las aulas, para que llegue el día en que los terroristas, los que ejercen su poder con violencia, los que se benefician del poder y lo transforman en negocio, sin usarlo para servir a las gentes, desaparezcan del mapa, sean expatriados, desterrados de nuestro mundo.

Yo sigo en otra. En la lucha de nuestro tiempo. En nuestro ejercicio diario de supervivencia. Ellos van a lo suyo, a defender su mundo, a la muerte en vida. Nosotros, como nos indicó Sábato, vamos abrazados a la vida y salimos a defenderla. Cada día.

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