La brecha digital es la más flagrante evidencia de la incapacidad del sistema para funcionar sin generar desigualdades. Quien trabaja en un Ayuntamiento cuenta con unos procedimientos, unos programas y unos protocolos que nada tienen que ver con los que maneja el funcionario del Ayuntamiento de al lado. En un colegio el sistema informático es uno, pero si te vas a un hospital, un banco, o incluso a una universidad, los portales, los clics, las ventanas que se abren y se cierran en tu pantalla, son otros completamente distintos.
Si tú trabajas en una compañía de seguros terminarás aprendiendo sus protocolos digitales, pero si te vas a otra compañía de seguros, o a una compañía que vende pisos, todo habrá cambiado y serás de nuevo un analfabeto digital. Como tienes cierta práctica terminarás aprendiendo las rutinas, pero habrá gente a la que ya le pille todo demasiado mayor, o desanimado, para emprender esos extraños viajes.
La digitalización ha conseguido que todos seamos analfabetos digitales y que nuestras tareas y el tiempo que dedicamos a la burocracia y las gestiones se haya multiplicado, porque tenemos que emplear muchas horas para encontrar la manera de sortear los obstáculos que obstaculizan resolver cualquier gestión. Ya nadie te atiende físicamente, ni tan siquiera por teléfono. Todo se resuelve en combates constantes contra máquinas, en su terreno. Llevan todas las de ganar.
Las desigualdades aumentan de forma exponencial. No es que seamos más pobres. Es que no somos más ricos, mientras que otros ven crecer sus fortunas de forma brutal. Recientemente hemos conocido el dato de que tendríamos que trabajar un siglo para ganar lo que algunos ganan en un año.
La crisis de 2008, primero financiera y luego global, la de las hipotecas basura y la posterior pandemia de 2020, han acelerado los procesos de digitalización. Internet, los móviles y otros dispositivos tecnológicos, se han convertido en imprescindibles. Nuestra formación, nuestra atención sanitaria, nuestro trabajo, nuestras compras y nuestro ocio, se juegan en ese campo.
Las desigualdades entre países ricos y pobres crecen y también aumentan dentro de cada país. La propia Inteligencia Artificial y la consiguiente brecha digital, son mitos que alimentan nuestra creencia y la sensación de que esto es así, que no hay otra y que más vale adaptarse que morir. Sólo nos queda aceptar que estamos derrotados de antemano, que caeremos tarde o temprano y que debemos intentar levantarnos para seguir recibiendo golpes. Lo llaman resiliencia.
Es fácil entender que falta tiempo para que le digamos a las máquinas qué queremos y que ellas lo hagan. Que nos busquen una cita médica, nos matriculen en un curso, nos reserven un viaje, nos hagan la declaración de la renta, o rellenen el formulario para reclamar, cobrar el desempleo o el Ingreso Mínimo Vital (IMV).
Mientras no sean capaces de hacerlo de forma universal, generalizada, para niños y abuelos, para los de Villaverde y para los de La Moraleja, seguiremos con la milonga de la brecha digital. La brecha digital no es sólo un fallo del sistema, es un obstáculo programado para asegurar las desigualdades crecientes. La brecha digital es parte del sistema. La brecha digital es el sistema en sí mismo.
Es mentira que la brecha digital exista porque somos pobres, excluidos, inmigrantes. Porque no tenemos dinero para contar con mejores dispositivos tecnológicos. La pobreza tecnológica se fabrica cuando no se permite el acceso libre a internet, cuando no se nos proporcionan dispositivos adecuados, no se nos ha enseñado cómo manejarlos, no conocemos las claves de su funcionamiento, nos bloqueamos.
La brecha digital no es consecuencia de la pobreza. Ser pobre supone no poder hacer frente a renovaciones de material informático, ni acceso a los procesos formales, o informales, de formación necesaria para manejarlos. Esa brecha, ese hándicap, esa imposibilidad, se convierte en un generador de exclusión social. Puede que no tengas conexión ilimitada a internet, o que no sepas como utilizar un dispositivo con todas sus posibilidades, o que ni siquiera puedas comprarte ese dispositivo.
Sufres un apagón tecnológico y vas a caer a lo más profundo de la brecha digital. O tienes una familia con capacidad de comprar dispositivos que se renuevan constantemente, o que cuenta con conexión ilimitada a internet en todos esos dispositivos, o que puede ayudarte a formarte en el manejo de todas esas vainas, o estás perdido, excluido, condenado a perder la carrera, no se sabe hacia dónde, pero carrera.
Además, uno de los efectos de la pandemia, además de convertirnos en dóciles resilientes, ha sido disparar estos requisitos de acceso a datos, dispositivos, cobertura y formación digital. Hasta las personas mayores quieren hacer un curso acelerado de manejo de dispositivos, por la que pueda caernos encima en el inmediato futuro.
Por más que se empeñen en mentirnos sobre la brecha digital, la misma no es una condena inevitable, irremediable. Su existencia es consecuencia del triunfo del capitalismo desbocado, del ultraliberalismo político que producen desigualdades y de la incapacidad de las políticas públicas para corregirlas.




